Apenas pasó una mano por las ancas del rocín, apareció junto á éste un gitano, obsequioso, campechanote, tratándole como si le conociese toda su vida.
—Es un animal de perlas; bien se ve que usted conoce las buenas bestias.... Y barato: me parece que no reñiremos.... ¡Monote! Sácalo de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea.
Y el aludido Monote, un gitanillo con el trasero al aire por las roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió el caballo del ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena seguido de la pobre bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas veces repetida.
Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno á Batiste y el gitano, que seguían con sus miradas la marcha del animal. Guando volvió Monote con el caballo, el labriego lo examinó detenidamente. Metió sus dedos entre la amarillenta dentadura, pasó sus manos por las ancas, levantó sus cascos para inspeccionarlos, lo registró cuidadosamente entre las piernas.
—Mire usted, mire usted—decía el gitano—, que para eso está.... Más limpio que la patena. Aquí no se engaña á nadie: todo natural. No se arreglan los animales, como hacen otros, que desfiguran un burro en un santiamén. Lo compré la semana pasada y ni me he cuidado de arreglarle esas cosillas que tiene en las piernas. Ya ha visto usted con qué salero bracea. ¿Y tirar de un carro?... Ni un elefante tiene su empuje. Ahí en el cuello verá usted las señales.
Batiste no parecía descontento del examen, pero hizo esfuerzos por mostrarse disgustado, valiéndose de mohines y toses. Sus infortunios como carretero le habían hecho conocer las bestias, y se reía interiormente de algunos curiosos que, influídos por el mal aspecto del caballo, discutían con el gitano, diciendo que sólo era bueno para enviarlo á la «Caldera». Su aspecto triste y cansado era el de los animales de trabajo que obedecen con resignación mientras pueden sostenerse.
Llegó el momento decisivo. Se quedaría con él.... ¿Cuánto?
—Por ser para usted, que es un amigo—dijo el gitano palmeándole en la espalda—, por ser para usted, persona simpática que sabrá tratar bien á esta prenda ... lo dejaremos en cuarenta daros y trato hecho.
Batiste aguantó el disparo con calma, como hombre acostumbrado á tales discusiones, y sonrió socarronamente:
—Bueno: pos por ser tú, rebajaré poco. ¿Quieres ventisinco?