El gitano estendió sus brazos con teatral indignación, retrocedió algunos pasos, se arañó la gorra de pelo ó hizo toda clase de extremos grotescos para expresar su asombro.
—¡Mare de Dios! ¡Veinticinco duros!... ¿Pero se ha fijao usted en el animal? Ni robao se lo podría dar á tal precio.
Pero Batiste á todas sus lamentaciones contestaba siempre lo mismo:
—Ventisinco ... ni un chavo más.
Y el gitano, apuradas sus razones, que no eran pocas, apeló al supremo argumento:
—Monote ... saca el animal ... que el señor se fije bien.
Y allá fué Monote otra vez, trotando y tirando del ronzal delante del pobre caballo, cada vez más aburrido de tantos paseos.
—¡Qué meneo! ¿eh?—dijo el gitano—. ¡Si parece una marquesa en un baile! ¿Y eso vale para usted veinticinco duros?...
—Ni un chavo más—repitió el testarudo.
—Monote ... vuelve. Ya hay bastante.