Y fingiendo indignación, volvió el gitano la espalda al comprador como si diese por fracasado todo arreglo; paro al ver que Batiste se iba verdaderamente, desapareció su seriedad.
—Vamos, señor ... ¿cuál es su gracia?... ¿Batiste? ¡Ah! Pues mire usted, señor Bautista: para que vea que le quiero y deseo que esa joya sea suya, voy á hacer lo que no haría por nadie. ¿Conviene en treinta y cinco duros? Vamos, que sí. Le jura por su salú que no haría esto ni por mi pare.
Esta vez aún fué más viva y gesticulante su protesta al ver que el labrador no se ablandaba con la rebaja y á duras penas le ofrecía dos duros más.
—¿Pero tan poco cariño le inspira esta perla fina? ¿Es que no tiene usté ojos para apreciarla? A ver, Monote: á sacarlo otra vez.
Mas no tuvo Monote que echar de nuevo los bofes, pues Batiste se alejó fingiendo haber desistido de tal compra.
Vagó por el mercado, mirando de lejos otros animales, pero vigilando siempre con el rabillo de un ojo al gitano, el cual, fingiendo igualmente indiferencia, le seguía, le espiaba.
Se acercó á un caballote fuerte y de pelo brillante, que no pensaba comprar, adivinando su alto precio. Apenas le pasó la mano por las ancas, sintió junto á sus orejas un aliento ardoroso y un murmullo:
—Treinta y tres.... Por la salú de sus pequeños, no diga que no; ya ve que me pongo en razón.
—Ventiocho—dijo Batiste sin volverse.
Cuando se cansó de admirar aquella hermosa bestia siguió adelante, y por hacer algo presenció cómo una vieja labradora regateaba un borriquillo.