Era la diferencia, más ó menos, que la separaba á ella de aquel ingeniero Balboa que había sido su primer amor en Monterrey. Se encontraba actualmente como á mitad de camino, entre el padre y el hijo. ¿Qué son diez ó doce años de diferencia para dos seres que poseen la fuerza y la salud de una vida bien cultivada?... Aquella joven había dicho simplemente la verdad, sin halago alguno. Entre las dos mujeres un hombre no podía vacilar.
Poseía la otra el encanto de una juventud aún primaveral. Pero ella también podía considerarle joven. Su hermosura no tenía la acidez blanca de la aurora; era esplendorosa como las horas meridianas, suave y dorada como las de la media tarde. Además la seguían como obedientes pajes para sostener la cola de su majestuosa belleza, el dinero, el lujo, los refrescamientos juvenciales de la higiene, todo lo que la vida moderna ha inventado para prolongar las gracias de la mujer.
«Sí; eso aún es hoy... ¿pero mañana?»
Persiguiendo á la voz burlona que repetía estas palabras en su interior, Concha Ceballos fué asomándose valerosamente sobre la cumbre de ese «mañana», y después de contemplar la lobreguez del barranco que se abría al otro lado, se indignó contra ella misma por sus enternecimientos de los días anteriores, por la ilusión que la había hecho cantar y reir horas antes. ¿Dónde tenía su cabeza ella, que era considerada por muchos como una mujer de pensamiento seguro y preciso, igual al de los hombres que realizan las grandes empresas?...
Una diferencia de diez años de edad no era para aterrarla en el presente. Además, la juventud de los hombres siente muchas veces una curiosa atracción hacia la hermosura femenil próxima á su ocaso. Pero al transcurrir diez años más, él continuaría siendo joven, mientras ella intentaría en vano mantenerse inmóvil ante la horrible puerta de la vejez, resistiéndose á pasar su umbral, volviendo el rostro al negro é invitador vacío que dejaban visible sus hojas abiertas y que acabaría por tirar de ella con la reptilina succión de una boca desdentada.
Los esfuerzos que habría de hacer para defenderse le inspiraban mayor miedo que su propia decadencia. ¡Qué tormento ver á todas horas la juventud desesperadamente inmutable de su esposo y contemplar en secreto la muerte lenta y continua de su hermosura! ¡No poder vivir tranquila y descuidada; tener que vigilarse en todo momento, saltar del lecho con la presteza del que necesita ganar su pan, para realizar en el tocador, durante horas y horas, un sinnúmero de operaciones químicas y pictóricas antes de ver al compañero de su existencia!... Y tantos esfuerzos y trabajos para un resultado incierto. Los aliños y afeites dejarían escapar al fin el triste secreto de su disfraz. Sorprendería muchas sonrisas irónicas en las gentes, que pueden respetar á una mujer cuando envejece sola, pero ven en su miseria física un motivo de burla si intenta prolongar la juventud para que no huya de ella el amor...
Se aterró al imaginarse esta existencia de mentiras y zozobras. Además pensó en la otra, en la que había estado sentada á su lado en aquel mismo banco, llorosa, suplicante, admirándola ingenuamente, pero sintiendo al mismo tiempo el orgullo de sus pocos años, el privilegio fugitivo de su virginidad.
Tenía razón. ¿Cómo ella, que había sido en la vida una afortunada, poseyendo finalmente todo lo que la hace grata y envidiable, podía arrebatar á esta pobrecita la única ilusión de su mediocre porvenir, la sola alegría de su existencia?... ¿Con qué derecho iba á partir la órbita de estos dos seres destinados á moverse en un espacio limitado?... Esta pareja empezaba su marcha, viendo su sendero todavía obscurecido por el misterio de las incertidumbres y las aventuras que guarda el porvenir. Ella estaba ya en el término de una carrera triunfal, y sólo le restaba gozar lo conquistado en la primera parte de su historia.
Había dejado perder su turno para aproximarse al amor. No lo buscó ó le volvió la espalda cuando era el momento de contestar á sus invitaciones... ¿Por qué intentaba ahora dar un salto atrás, deseosa de reparar su olvido, para ocupar el lugar de la otra, llegada al mundo mucho después de ella y que exigía su porción correspondiente en la mesa de la vida, su parte de ilusión y de amor reservada á toda juventud?...
Imaginó por un momento la posibilidad de que estando en Monterrey, cuando tenía los años de la hija de Mascaró, hubiese amado á un compañero de su niñez, tan pobre como ella, concretando su porvenir entero en la esperanza de casarse con este hombre, tener hijos de él, una casa modesta y cómoda... nada más para el resto de su existencia. Y de pronto llegaba una gran señora que lo poseía todo, á quien la suerte no había negado un solo medio de satisfacer sus deseos, y esta privilegiada sentía el capricho de arrebatarle precisamente su mediocre felicidad. ¡Qué infamia!...