Su carácter enérgico se sublevó agresivamente ante tal injusticia hipotética. ¡Y ella, que pretendía ser equitativa en todos sus actos, iba á hacer lo mismo!... No; había que suprimir esta posibilidad deshonrosa, con la rapidez y la dureza de los seres prontos á la acción.

La voz de Rina le hizo salir de sus meditaciones, y al levantar la cabeza creyó que una nube estaba pasando ante el sol. La luz vespertina, dorada y cálida cuando ella había entornado los ojos sumiéndose en su vida interior, era ahora grisácea y casi crepuscular. En el cielo, de un azul cristalino, iba desliéndose el oro de la tarde, cada vez más pálido. Una faja de púrpura á ras del horizonte delataba el rastro sangriento de la huída del sol.

Rina, después de gritar inútilmente á través del jardín, acabó por descubrirla medio caída en el banco.

—Florestán desea hablarte.

El primer movimiento de Concha fué ponerse de pie é ir hacia la quinta. Luego volvió á quedar inmóvil.

Entrar en aquel edificio, subir la escalera, verle otra vez... ¡ah, no! Adivinaba que iba á ser cobarde. Estaba segura de que al volver al dormitorio del convaleciente perdería la fuerza de aquella voluntad extraordinaria que le facilitaba la ejecución de las más duras resoluciones.

Obedecer á su llamamiento, hablarle otra vez, aunque fuese la última, equivalía á una mala acción. Era buscar una excusa para su debilidad, ir al encuentro de un pretexto que explicase luego su conducta, como hacen los débiles ó los malvados cuando pretenden justificar sus actos.

Habló á Rina con una voz monótona, imperiosa, seca, que ésta había oído en determinados momentos de su vida común. Conocía bien esta voz, y su experiencia le aconsejaba no hacer ninguna objeción á Concha Ceballos cuando se servía de ella para dar órdenes.

Pidió á su compañera que le trajese allí mismo un gabán, su sombrero, sus guantes.

—Tengo frío—murmuró; y su voz fué blanda y triste, pero un instante nada más.