Languidecía la tarde al salir ella del Casino. Su automóvil marchó á gran velocidad por el tortuoso camino de la costa. La luz solar, antes de extinguirse, tomaba los colores del limón y la rosa, reflejándose sobre las cumbres amarillas ó bermejas de los Alpes.
La señora Douglas deseaba no llegar con retraso á su hotel de Niza. Distraída por el juego en los salones privados del Casino de Monte-Carlo, había olvidado que aquella noche era de gran comida en el Hotel Negresco, donde ella estaba instalada, con exhibición á los postres de bailarinas célebres. Como había dejado á Rina en Niza ocupada en cumplir ciertos encargos suyos, iba sola en su carruaje. Entornando los ojos para no ver al conductor, se hacía la ilusión de que aquél marchaba solo, como un animal inteligente y amaestrado que obedecía su voluntad sin que ella necesitase valerse de palabras.
Todos los días veía á la ida y á la vuelta este paisaje maravilloso de la Costa Azul, acostumbrándose á él como si fuese un espectáculo ordinario; pero ahora creía encontrar en su contemplación una inexplicable novedad, un atractivo misterioso. Era sin duda el hálito de la primavera anunciando desde lejos su llegada; los juveniles efluvios de esa pubertad del año que parece cambiar el aspecto de las cosas y el carácter de las personas.
Iba á empezar el mes de Marzo y habían terminado las fiestas del famoso Carnaval de Niza. La mayor parte de Europa vivía aún en el invierno, mientras aquí jardines, montañas, cielo y mar habían repelido la tristeza de los días fríos, saludando con su envoltura luminosa y sus perfumes la presencia de una juventud más.
El Mediterráneo de color turquesa, aclarado por la luz del ocaso, tenía la diafanidad engañadora de un mar irreal. En sus orillas se reproducían invertidos los pueblos de color de rosa, las «villas» de blancas columnatas, los grupos de árboles, lo mismo que en las riberas de un lago. Las montañas, al repetirse con la cumbre abajo en este mar de reflejos, lo festoneaban de triángulos de sombra azul. Las barcas parecían flotar en plena atmósfera, y cada una de ellas llevaba otra debajo, con la vela triangular apuntando al abismo, pegados sus dos cascos, fondo con fondo, como gemelos nacidos de la luminosidad fantasmagórica de la tarde.
«Muy hermoso, demasiado hermoso», pensaba ella.
Y como deseamos con preferencia lo que está lejos de nosotros, evocó el recuerdo de las olas bravas del Atlántico y las ondulaciones tempestuosas del Pacífico. Un capricho imaginativo le hizo ver de pronto una pianola y una orquesta ruidosa, pretendiendo acoplar la diversidad de los mares á estos dos términos de comparación. Luego se arrepintió de su injusticia con el dulce Mediterráneo. La hermosura ordenada y tranquila es un gran don de nuestra existencia, pero sólo la sabemos apreciar al encontrarla de nuevo, después de largo eclipse.
Empezaba á anochecer cuando el automóvil de la señora Douglas entró en Niza por el lado del puerto, siguiendo la sección más desierta del paseo de los Ingleses. Vió á continuación extenderse frente al mar una larga fila de hoteles lujosos y alzarse en último término la cúpula roja del Negresco. Los grupos de transeuntes eran cada vez más compactos, mejorando su aspecto y su vestimenta según avanzaba el automóvil. La viuda miró distraídamente á los paseantes que se cruzaban con su vehículo de vuelta hacia el interior de la ciudad, como si huyesen del crepúsculo. Éste empezaba á extender sobre la bahía de los Ángeles sus gasas color violeta, en cuyos pliegues brillaban perdidas las primeras estrellas.
De pronto se agitó en su asiento, movida por la sorpresa. Había creído reconocer á alguien cuya presencia no podía esperar en aquel sitio. Pero no obstante la rapidez con que se incorporó, como su automóvil marchaba aprisa, no pudo ver lo que deseaba. Además, aquel transeunte que había originado su movimiento iba con los ojos puestos en otra dirección y no se fijó en ella, continuando su camino entre los grupos, que le ocultaron inmediatamente.
—¡Quién no diría que es él!... ¡Qué parecido!...