Después de repetir esto mentalmente, Concha Ceballos hizo un gesto de duda y se retrepó en su asiento, con la vista puesta en su hotel, al extremo del paseo.

Varias veces había experimentado la misma sorpresa en diferentes ciudades. Jugarretas de la imaginación; caprichos del recuerdo, que parece vengarse con estos mirajes engañosos cuando le mantienen alejado y menospreciado. Además, todos los hombres tienen en su primera juventud un aspecto exterior que parece común, cierta uniformidad, semejante á la de los que visten un mismo traje profesional, militares ó sacerdotes; y aunque se diferencien por su estatura y su fisonomía, evocan la imagen unos de otros.

Dicho encuentro sirvió para que recordase, con una visión casi instantánea, los últimos meses de su vida, después que se hubo marchado de Madrid.

Pronto haría un año, y al examinar este balance parcial de su existencia no encontraba nada extraordinario. Su vida podía resumirla en tres funciones: movimiento incesante, afán de distraerse, voluntad de olvidar. Había viajado por ciertos países de Europa escapados á su curiosidad en anteriores expediciones. Además, había venido dos veces á la Costa Azul, atraída por el placer del juego. Necesitaba aturdirse, olvidar; y de todos los vicios que divierten á los humanos, el más «virtuoso», según ella, el que mejor conviene á una dama que vive sola y desea mantener su prestigio social, era el juego.

Jugaba por distraerse, por emplear en algo su carácter luchador, propenso á la acción. Y como no buscaba la ganancia y disponía de ilimitados capitales, el azar, que vuelve su espalda á los necesitados, la favorecía con irritante injusticia. Ganaba dinero, por lo mismo que no le era necesario. Otras veces lo perdía; pero compensándose ganancias y pérdidas, el resultado era que la millonaria Douglas, después de semanas y semanas de un juego audaz, no había sufrido ninguna merma considerable en su fortuna.

Iba vestida con gran elegancia, como siempre, pero sus preocupaciones y apasionamientos de jugadora habían modificado algo su aspecto. Tenía en el rostro una expresión dura y distraída, reflejo de las combinaciones estratégicas que ideaba á todas horas para batirse con la Suerte. Además, llevaba á Monte-Carlo, fuese cual fuese su vestido, un bolso de mano grande, casi igual al que usaba en sus viajes, guardando en su interior varios fajos de billetes de mil francos, que unas veces regresaban á Niza multiplicados y otras tardes se quedaban allá, para volver á reunirse con ella pocos días después. El precioso bolso no la obligaba á grandes precauciones ni le hacía sufrir inquietudes. Esta tarde regresaba algo repleto, y sin embargo lo había abandonado sobre el asiento del automóvil, como si lo olvidase.

Para su vida sentimental, el suceso más importante en los últimos meses había sido el regalo de cierto perrillo japonés que le había hecho en París una amiga de Nueva York, después de terminar su viaje alrededor del mundo. Este animal exótico era ahora el compañero predilecto de su existencia. Rina compartía tal amor, mas no sin sentir celos al ver cómo el recién llegado disminuía su personalidad cerca de la viuda. Ésta pensaba ahora en su perrillo con la vista fija en la cúpula del Hotel Negresco, cada vez más próxima, y creía escuchar ya los ladridos con que acogería la presencia de su dueña. ¡Lástima tener que separarse de él todas las tardes cuando iba al Casino de Monte-Carlo!...

También había encontrado á Arbuckle tres veces, «por casualidad», después que se alejó de ella en Madrid para ir á Sevilla. Como siempre, le iba saliendo al paso en los hoteles, y cuando la viuda empezaba á fatigarse de su presencia, tenía el acierto de inventar un nuevo viaje, no volviendo hasta meses después. Ahora debía estar en Egipto. Los diarios hablaban mucho de la tumba de un Faraón recién descubierta, y él se había creído obligado á presenciar dichas excavaciones, como buen americano que debe verlo todo y saberlo todo. Pero la viuda presentía de un momento á otro la reaparición de su discreto solicitante.

Además había sufrido la desagradable impresión de encontrar en París á Casa Botero. Este hombre la miró en el primer momento con una expresión de odio impetuoso, capaz de rebasar los límites de las conveniencias sociales. Luego, refrenando los impulsos de su rencor, inició una sonrisa y un saludo, pretendiendo hablar con ella. Pero la viuda había seguido adelante con hostil altivez. Una mujer que se decide á dar puñetazos no va luego á ofrecer su mano, lo mismo que un boxeador cuando termina su combate.

Este individuo debía hablar mal de ella en todas partes. Pensó después que tal vez callaba, avergonzado por el recuerdo de aquella escena en un hotel de Madrid. De un modo ó de otro, le era indiferente el tal Casa Botero. Y fingió no reconocerle, tantas veces como volvió á encontrarlo en teatros y fiestas sociales. Hasta lo había visto de lejos, días antes, junto á una mesa de juego en el Casino de Monte-Carlo. Iba acompañando á una señora de elegancia vistosa y edad madura, con el rostro mineralizado en fuerza de coloretes y afeites. Alguna millonaria á la que pretendía conferir el enigmático título de marquesa de Casa Botero. La viuda pasó junto á él sin mirarle, pero satisfecha del encuentro. Un motivo más de tranquilidad para su porvenir, que deseaba dulcemente monótono, sin los altibajos y los conflictos que tanto gustan á las naturalezas exaltadas.