¿Y el otro?... Ella no quería pensar en el otro, porque era el que le interesaba más. Podía jurarse á sí misma que en todos los meses transcurridos desde su fuga de Madrid no había pensado en él más allá de una docena de veces. Una mujer de voluntad debe mandar imperativamente á sus sentimientos y pasiones.
No se había acordado de él, pero tenía al mismo tiempo la certidumbre de que á todas horas estaba presente en su memoria. Le sabía instalado en una revuelta de sus recuerdos. Era como esos personajes de teatro que el público no alcanza á distinguir entre los bastidores, pero adivina que están allí por haber visto cómo se ocultaban, y presiente que repentinamente pueden volver á presentarse.
De tarde en tarde, el recuerdo, insubordinándose contra la tiranía de su voluntad, se daba el malsano placer de agitarla con estremecimientos de sorpresa, haciéndola ver á Florestán en el Bosque de Bolonia ó en los Campos Elíseos; otras veces en el Pincio de Roma, en la plaza de San Marcos en Venecia ó patinando sobre las nieves de Saint-Moritz. Al concentrar luego su atención, profundamente emocionada por estos encuentros, se iba dando cuenta de que el desconocido sólo tenía de semejanza con el otro sus pocos años y el atletismo de una juventud amante de los deportes físicos.
Al tranquilizarse, formulaba siempre la misma protesta interior:
«Y aunque fuese Florestán, ¿qué podría ocurrirme?... La locura de Madrid ya terminó. No hay que pensar en ella.»
Mas al mismo tiempo que sentía el goce de su tranquilidad, mostraba cierta decepción, como si le hubiese gustado no equivocarse en algunas ocasiones, como si le resultase inexplicable esta ausencia definitiva.
«¿Qué habrá sido del pobre muchacho?», se preguntaba algunas veces.
Después de su huída de Madrid sólo había tenido una noticia aislada é indirecta de aquellos amigos de unas cuantas semanas, dejados á sus espaldas para siempre; una noticia fúnebre, venida hasta ella por el camino más largo.
Rina había recibido en París una carta de aquel señor que vivía en Méjico y era su consocio en la explotación de la famosa mina. Éste le hacía saber que don Ricardo Balboa había muerto en Madrid repentinamente á consecuencia de una aneurisma, y para dar más autenticidad á la noticia enviaba la esquela fúnebre suscrita por la familia. Sintió Concha Ceballos la misma conmoción que si recibiese un golpazo en el pecho al encontrar el nombre de Florestán Balboa al pie de este aviso mortuorio.
«¿Puede importarme acaso lo que haga ese joven?—pensó para infundirse tranquilidad—. Siento la muerte de su padre, pero esta muerte servirá para separarnos más aún. De seguro que va á casarse en seguida con la señorita Mascaró... Tal vez se ha casado ya á estas horas.»