Aquella energía tranquila que acompañaba sus decisiones al ocuparse del manejo de su fortuna acabó por restablecer la fría paz en sus recuerdos. Una mujer que desea verse respetada debe imponer á su memoria una disciplina igual á la de sus actos exteriores. Pero ¡ay! de tarde en tarde su imaginación se permitía sorpresas engañosas, como la que acababa de sufrir en el paseo de los Ingleses.

«Una simple semejanza y nada más. Lo pasado ya está pasado y no hay que resucitarlo, ni siquiera en la imaginación.»

Como ella esperaba, le salió al encuentro en sus lujosas habitaciones del Negresco aquel perrillo exótico, de pelos hirsutos color de miel y hocico chato, negro y barnizado, como el de un ídolo. Era un manguito viviente que servía de forro á una máquina incansable de ladridos.

Besó la señora este hocico grotesco, prorrumpiendo en elogios á la hermosura del gozque. Él era el mejor amigo de su vida.

La doncella francesa que la había seguido desde Nueva York esperaba sus órdenes para escoger entre varios vestidos de fiesta colocados sobre un diván. Según manifestó, Rina estaba abajo, en la oficina del director, sacando de la caja de valores el cofrecillo de joyas de la señora Douglas. Este cofrecillo guardaba una fortuna, y era prudente, al vivir en hoteles, que pasase la noche en la oficina de la dirección mejor que en el dormitorio de ella.

Concha Ceballos llevaba habitualmente un collar de perlas famoso, pero había querido sustituirlo, para la comida de gala de aquella noche, con otro de brillantes que únicamente salía de su encierro en días extraordinarios.

Entró Rina llevando con aire de cautela y expresión respetuosa el cofrecillo bajo un brazo. Pero á pesar de la veneración con que manejaba este pequeño tesoro, pareció olvidarlo al ver á la viuda, y lo dejó sobre una mesa para hablar más desahogadamente.

—¡Si supieras á quién he encontrado hace una hora!... ¡Qué sorpresa! No podrás acertarlo nunca.

Y sonrió como si se gozase de antemano en las angustias de la curiosidad de la otra. Pero Concha permaneció impasible, habiendo adivinado desde las primeras sílabas de su compañera cuál era la persona á que se refería.

—Sé quién es—dijo fríamente—. Lo he visto desde el automóvil... Florestán Balboa.