Rina, decepcionada por esta adivinación, continuó hablando, sin embargo, con gran interés de dicho encuentro.

En los últimos meses su existencia había sido «vulgarísima»—como ella decía—, sin sentir la proximidad del amor ni para su persona ni para los demás; como si el tal amor hubiese huído para siempre de la tierra. La presencia de Florestán Balboa representaba para Rina una atracción semejante á la que siente el lector cuando descubre un nuevo volumen de la novela inconclusa que tuvo que abandonar con pena meses antes. Aparte de esto, era un hombre joven.

—Está más buen mozo que nunca. Parece más «hecho», más hombre, y con una tristeza que le sienta muy bien. Va vestido de riguroso luto por la pérdida de su padre. Hace como medio año que murió el pobre don Ricardo... Hemos hablado un poco de la mina. Las cosas de Méjico van mejor, y tal vez seré rica pronto; pero no quise insistir sobre nuestro asunto porque adiviné que le preocupaban otras cosas. Viene de París. Alguien le dijo allá dónde estábamos. Llegó esta mañana, y se ha alojado en otro hotel. Estuvo aquí á la hora del té, con la esperanza de encontrarte. ¡Como toda Niza se junta en el hall para bailar!... Le he contado que esta noche hay comida de gala; pero no puede venir. Su luto es muy reciente... De seguro lo verás mañana. Le he dicho que todas las tardes vas á Monte-Carlo y la mejor hora para encontrarte es á mediodía, cuando bajas á dar una vuelta por el paseo de los Ingleses.

—¿Se ha casado?—preguntó con indiferencia la viuda mientras revolvía las joyas de su cofrecillo, creando palpitaciones de luz, oleadas de colores ardientes, con cada movimiento de su mano.

—También hemos hablado de eso. No se ha casado aún, mas he creído adivinar que se casará con la hija del señor Mascaró, aquella niña á la que vimos en Madrid con la antipática de su madre... No parece que tenga muchas ganas de hacer ese matrimonio. ¡Pobre muchacho! La niña es bonitilla y agradable, pero un buen mozo como él merece algo mejor. Ha nacido para casarse con una mujer de otra clase.

Sonrió mirando á su amiga, mas esta sonrisa dejaba en la duda de si era la viuda ó ella misma la que correspondía por sus méritos á Florestán.

La señora Douglas comió y bebió sin poder apreciar los méritos de este banquete de gala tan anunciado por el hotel. Lo mismo hubiese admitido otros platos y otras bebidas. Contempló con fingida atención el trabajo de los bailarines profesionales y las hermosas figurantas que se exhibían sobre el espacio encerado, entre un triple óvalo de mesas. Permaneció insensible igualmente á las adulaciones que le dirigía por lo bajo su acompañante.

—Las de la mesa próxima están asombradas de tu collar. Dicen que no han visto nada igual.

¡Qué podían importarle á ella tales alabanzas! Habló con varias compatriotas suyas que asistían á la comida, y no supo luego con certeza sobre qué habían conversado. Mientras su vida exterior se desarrollaba automáticamente, comiendo sin saber lo que comía y diciendo de un modo maquinal palabras de las que no se daba cuenta, su voluntad iba repitiendo interiormente, lo mismo que una máquina de vapor lanza mugidos de igual tono, pero cada vez más fuertes, según aumenta la potencia de su energía:

«Él está aquí... Hay que terminar de una vez... Debo impedir que vuelva.»