Hasta le pareció que Florestán se hallaba en aquel comedor. Sentía su presencia invisible, el roce misterioso de sus ojos fijos en ella. Tal vez la miraba desde el atrio ó del otro lado de los ventanales, oculto entre la gente curiosa que seguía de lejos el curso de la fiesta. Y sólo la sospecha de esta presencia real la hizo estremecerse, como uno de esos peligros que aterran y dan al mismo tiempo la voluptuosa angustia de lo desconocido.
Podía soportar ella fríamente las persecuciones de Arbuckle. La seguía á todas partes, pero se apresuraba á desaparecer, como un niño vergonzoso, apenas notaba en la viuda Douglas señales de contrariedad. No corría riesgo alguno en tal deporte. Hasta lo encontraba á veces divertido. Mas el otro no era Arbuckle, y ella se tenía miedo á sí misma al verse tan débil, tan desarmada, en presencia de aquel joven que por suerte no se había percatado de su gran poder... Pero ¡ay! si menudeaban tales encuentros, acabaría por ocurrir lo que ella no quería que fuese. Lo más penoso ya lo había realizado en Madrid. ¿Para qué convertir en sacrificio estéril la tortura moral que se impuso entonces, desandando ahora el penoso camino que ya llevaba hecho?... Era preciso continuar hacia adelante.
Pasó gran parte de la noche sin dormir, pensando en lo que ocurriría al día siguiente cuando encontrase á Florestán.
«Hay que terminar—seguía aconsejando su voluntad—. Hay que verle por última vez.»
Una Concha Ceballos completamente nueva, cuya existencia no había sospechado nunca, despertó de pronto en su interior, hablando con cínica energía. Se sintió avergonzada al escuchar los consejos de este otro «yo», ignorado hasta entonces.
«¡La influencia de la Costa Azul!—se dijo la viuda para explicarse la conducta de esta mitad insospechada de su alma—. ¡La vida de amor y de costumbres libres que me rodea en este rincón dichoso del mundo!»
Mas la «otra», sin prestar atención á sus excusas, continuaba hablando imperiosamente:
«Ahí le tienes. Ya que viene en tu busca, sin que lo hayas llamado, aprovecha tu buena suerte. El destino lo quiere. Haz lo que otras; no sufras más; da un hartazgo á tu pasión en secreto. Nadie sabrá nada... Una aventura... unos días de placer... y luego lo dejas. ¡Tantas han hecho lo mismo!»
Mas la juiciosa señora Douglas, la de siempre, se revolvía contra estos consejos, considerándolos absurdos. Florestán la seguiría en su segunda fuga, como ahora venía á buscarla después de la primera. El que ama no se satisface con una aventura única; al contrario, este corto episodio excita sus deseos. La seguiría por todo el mundo, con la autoridad de los derechos irrecusables adquiridos sobre ella; y ella, después de su caída voluntaria, no podría defenderse... Paladear un placer que dura un momento... ¿y luego? ¿Tendría la dureza precisa para abandonarlo, tras la mutua posesión, como le aconsejaba aquella personalidad demoniaca surgida inopinadamente de ella misma?... No; después de una breve entrega, terminada por una fuga, la situación de los dos aún resultaría peor.
De pronto, como el esfuerzo decisivo que inclina con su presencia el resultado de un combate, asomó en su recuerdo una carita de joven llorosa: la novia de Florestán. Aquella muchacha estaba lejos; no podía defenderse... Además, ella le había hecho una promesa. ¡Qué infamia abusar de su ausencia!...