«Es preciso romper para siempre. No verle otra vez; impedir que vuelva.»
Pero al adoptar la amazona esta resolución sintió ablandarse su fiereza y se dijo interiormente, como si lanzase un lamento:
«Ahora que ya me había acostumbrado á vivir sin su recuerdo... ¡verle otra vez! ¡resucitar lo que tanto me costó de dar muerte!... Pero es preciso... ¡es preciso!»
Bajó en la mañana siguiente al paseo de los Ingleses, poco después de las once, cuando era más numerosa la concurrencia de los que toman el sol junto al mar, esperando que el cañonazo de mediodía disuelva á los grupos y los envíe en todas direcciones, hacia sus hoteles y casas, en busca del almuerzo.
Iba escoltada por Rina, que mantenía pegado á sus faldas el perrillo japonés, llevando corta la trenza de cuero sujeta á su collar. En vez de ir paseo abajo, hacia su principio, donde se aglomeran los invernantes, ocupando bancos y sillas frente á restoranes y cafés para oir sus orquestas, siguieron en dirección contraria, aproximándose al barrio llamado de la California. Según iban avanzando, los presentes eran más escasos y el malecón tomaba un aspecto de ribera marítima. Había en esta playa falta de arena varias barcas de pesca puestas en seco sobre los guijarros redondos, iguales á galletas azuladas ó grises. La luz del sol, blanca en fuerza de ser intensa, se reflejaba sobre el índigo del mar como una lluvia de plata voladora.
La señora Douglas estiró su labio superior con el gesto hostil y sombrío que apoyaba sus resoluciones decisivas. Había que terminar, y era preciso que fuese cuanto antes...
En la playa, un grupo de curiosos admiraba tendidos á sus pies dos pescados enormes é inánimes. Tenían dientes de sierra, lomo obscuro espolvoreado de blanco y ojos muertos, que aún parecían guardar en su fijeza una expresión de ferocidad. Un marinero canoso, barbudo y melenudo, de mirada dulce, que tenía gran semejanza—como muchos nicenses viejos del puerto—con su compatriota el caudillo Garibaldi, explicaba á los curiosos la captura de estos dos tiburones del Mediterráneo, que habían destrozado gran parte de sus redes. Formaban pareja: macho y hembra. El pescador no sabía distinguir el sexo de cada uno, pero estaba seguro de que eran así.
—Y entonces, el macho, que aún podía escapar—dijo con su musical acento italiano—, viendo prisionera á su hembra, prefirió lanzarse en las redes para librarla ó morir con ella... Yo le he visto con mis ojos, señores míos.
Al oir Concha Ceballos tal relato desde lo alto del paseo, sintió cierta emoción, no obstante estar segura de su falsedad. Aquel navegante romántico daba á las bestias egoístas y feroces del abismo las mismas pasiones que alegran y entristecen á los humanos. Hacía descender el amor á las profundas obscuridades marítimas, donde el sol toma al perderse en las aguas un color de sangre, y no hay otra vida que devorar ó ser devorado. ¡Ah poeta «camisa roja»! ¡Rapsoda mediterráneo!...
En un restorán barato, al otro lado del paseo, banqueteaba el cortejo de una boda nicense, gente popular que aclamaba á los novios, expresando sus alegrías de un modo ruidoso.