Unos cuantos músicos disfrazados de pescadores napolitanos acompañaban con guitarras y mandolinas las canciones de un tenor. Tenía la voz engolada y dulzona del cantante popular; voz que hace sonreir de lástima bajo un techo y humedece los ojos al ser oída de noche en un canal veneciano, ó bajo la lluvia áurea del sol entre los promontorios rojos del golfo de Nápoles.
Vieni al mare
Vieni al maaare...
Así gemía el tenor invisible, acompañado por un dulce temblor de cuerdas, y la señora Douglas se sintió ablandada, como si la invitación del cantante fuese para ella.
El mar era la libertad, el olvido, una nueva existencia filtrada por la pureza de los inmensos horizontes; de las azules soledades; de las auroras sobre el océano desierto, que nadie puede ver y si extienden los nácares de su cándida diafanidad es para admirarse á sí mismas; de los regios ocasos de púrpura y oro, que afirman la promesa de un nuevo día y tienen como la llanura oceánica la majestad melancólica de lo eterno.
«Ven al mar...» Ella aceptaba esta invitación al viaje y al olvido... Y contempló imaginariamente, como lugares de refugio y paz, todos los puertos visitados en su vida anterior, con bosques de mástiles, cuerdas y velas puestas á secar, con muelles de piedra verdosa y viejas anillas de hierro oxidado, de los que se despega lentamente la pared de acero del trasatlántico, abriendo una distancia de medio metro, que va á crecer y á prolongarse en el infinito durante miles de leguas. Unos puertos olían, bajo el sol incendiario, á bananas recalentadas, á frutos picantes, á especiería y maderas preciosas; otros eran de cielo gris con un perfume de té, de ginebra, de tabaco con opio; y en los muelles de todos ellos multitudes abigarradas, confusión de idiomas, cruzamientos grotescos de civilización y barbarie, colosales máquinas de acero y carretas de búfalos con discos de madera por ruedas, gentes cobrizas, negras, pálidas, rojas.
¡Viajar!... ¡Olvidar!... Concha Ceballos se acordó repentinamente de cierto profesor viejo de Los Angeles que citaba en latín unos versos de Horacio, excusando con ellos la falta de curiosidad que le había retenido en el mismo rincón del mundo, sin conocer otras tierras.
«La negra preocupación monta detrás del jinete. No nos abandona por más que cambiemos de sitio.»
Así es. Cuando saltamos al buque, otro más ágil ha pasado antes que nosotros: el eterno compañero de viaje, duende testarudo que no admite engaños y nos sigue por más que intentemos desorientarle y librarnos de su presencia con astutas jugarretas.
Mas aunque nos siga, como la sombra sigue al cuerpo, el tiempo y el espacio acaban por influir en él. No nos libran de su compañía, pero consiguen modificarla. La señora Douglas seguía creyendo en el poder del mar, y comparaba la «negra preocupación» que nos acompaña á todas partes con esos vinos del viejo mundo que, al cruzar el Océano, cambian de cuerpo y de perfume, suavizándose.
De pronto sintió extrañeza al verse en aquel paseo sin otra compañía que la de su amiga. Sólo habían transcurrido unos segundos, mas á ella le parecieron largos y repletos de melancólicas reflexiones, como si fuesen horas tristes. Miró á un lado y á otro sin encontrar al que esperaba. Debía estar oculto, observándola de lejos. Adivinó en el espacio la presencia real del mismo ser que llenaba su recuerdo. ¿Es que no vendría, por una malicia inconsciente, dejando que su voluntad se ablandase en dolorosa espera?...