Sintió á su espalda una voz que la hizo estremecerse, á pesar de que esperaba oirla desde que salió del hotel.
—Señora Douglas... Doña Concha...
Con este saludo ceremonioso anunció su presencia. Y ella le vió surgir ante sus ojos más grande, más fuerte, que al conocerlo en el salón de trabajo de su padre.
Era el héroe Esplandián, el caballero San Jorge, rubio, de membruda esbeltez, sereno y fuerte; pero ahora tenía una luz melancólica en su mirada, un velo de tristeza ante su rostro, una expresión de desaliento en toda su persona. Era el paladín todavía fatigado y convaleciente después de su pelea con el dragón.
La viuda sintió un pinchazo material en sus entrañas, algo que le hizo sospechar si habría quedado olvidado entre sus ropas interiores algún alfiler que la hería traidoramente. Tuvo que realizar un esfuerzo de voluntad para no llevarse la diestra al vientre dolorido.
El perro japonés, escandalizado por la confianza con que aquel hombre se aproximaba á su dueña ó advertido por obscuro instinto de la presencia de un rival, empezó á ladrar, furioso y grotesco, intentando morder sus pantalones.
—¡Llévate á esa bestia odiosa!—ordenó con voz colérica la señora.
En aquel momento lo encontraba feo, no pudiendo explicarse los elogios que le había dedicado tantas veces.
Rina conocía bien sus obligacions de confidenta, lo que debe hacer una perfecta compañera cuando nota que el amor aún existe en el mundo y se aproxima benevolente para alguien. Tomó al perrillo en brazos y se alejó, hablándole en voz alta mientras le mostraba el mar y las velas triangulares que se deslizaban por la línea del horizonte. Dejó á sus espaldas un espacio de más de veinte metros, para que los dos conversasen con toda libertad sin preocuparse de ella.
Florestán, como si temiera un retroceso de Rina y desease aprovechar cuanto antes la ocasión de hallarse á solas con la señora Douglas, empezó á hablar precipitadamente. Mostraba el ansia del que quiere decir de un tirón todo lo que lleva en su pensamiento, después de haberlo preparado en largas horas de labor reflexiva. Era la verbosidad del tímido, que habla aprisa queriendo evitar con esto las objeciones del que le escucha y que no corten el desarrollo de su discurso. Parecía subirse sobre sus propias palabras para saltar con nuevo ímpetu, diciendo todo lo que necesitaba decir.