Primeramente justificó su presencia en Niza con una mezcla de pretextos, verdaderos y falsos. Había ido á París para el arreglo de ciertos asuntos que dejó inconclusos su padre: antiguas empresas industriales, invenciones susceptibles de explotación... Encontró allá á Haroldo Arbuckle, que acababa de llegar de Egipto, y éste le había hecho saber dónde vivía la señora Douglas en aquel momento.

Tal vez vió la expresión irónica é incrédula con que los ojos de aquella mujer acogían sus excusas; tal vez sintió un espontáneo deseo de volver al camino de la verdad, por juzgarlo más corto y amplio.

—¿Para qué mentir?—dijo enérgicamente—. Fuí á París sólo para buscarla, y hube de hacer muchas averiguaciones, hasta que por suerte encontré á ese amigo, que me dijo dónde estaba usted. Necesitaba verla. Allá en Madrid he pasado días muy tristes, sin poder explicarme mi desgracia, sin poder ir en busca suya, porque me era imposible abandonar á mi padre. Le he escrito muchas cartas, ¡muchas!... Las he enviado á todos los lugares mencionados por usted en aquellas conversaciones que tuvimos en España, y de las que me acuerdo casi palabra por palabra. Hasta le escribí al rancho de «Laguna Brava», allá en California, la propiedad de que me habló muchas veces. Si no ha recibido aún esas cartas, algún día llegarán á sus manos. Las enviaba al otro hemisferio de la tierra con la dolorosa certeza de que usted vivía más cerca de mí. Pero ¿dónde?... ¿cómo averiguarlo?...

Calló, entristecido por el recuerdo de aquella época de forzada inmovilidad en la casa paterna, lanzando sus desesperados llamamientos sobre la curva de medio globo terráqueo.

—Al morir mi padre—siguió diciendo—, mi tristeza fué grande. Nada tiene de extraordinario que un hijo llore á su padre... Pero al mismo tiempo pensaba: «Ya eres libre; ya tienes dinero para lanzarte por el mundo. Puedes ir á buscarla, y sabrás al fin por qué te dejó de un modo tan inexplicable, cortando con su fuga la mejor época de tu vida...»

Y como si diciendo esto hubiese llegado al punto más importante para él, cambió de voz, preguntando con un tono de lamentoso reproche:

—¿Por qué me abandonó usted apenas estuve fuera de peligro?... ¿Qué le hice para ofenderla de tal modo?

En sus largas reflexiones, Florestán había llegado á la conclusión de que algo había hecho de malo y ofensivo para la señora Douglas: algo que su inexperiencia no podía atinar, pero que impulsó á la otra á marcharse. Y sus ojos humildes imploraron perdón por esta falta suya que él no llegaba á descubrir, aunque indudablemente había existido.

Concha Ceballos le miró un momento, conmovida por tal candidez. ¡Ofenderla á ella!... Pero en seguida se arrepintió de su emoción. Una blandura peligrosa empezaba á diluir la firmeza de su voluntad. No; ella no debía prolongar ni repetir estas entrevistas. Era entregarse á sabiendas al vencimiento. Debía levantar un obstáculo entre los dos; algo inmenso que llegase hasta el cielo, siendo tan abrupto y cortado en sus laderas que no permitiese sendero alguno; algo igual á las ásperas cordilleras que durante siglos y siglos mantienen á los grupos humanos instalados en sus dos vertientes opuestas, sin conocerse, sin poder comunicarse, ignorándose, como si los del otro lado no hubiesen venido al mundo.

Este obstáculo ella tenía el medio de crearlo. Lo había imaginado la noche antes, en ese momento indefinible que sigue á las horas de larga vigilia, cuando el monstruo del insomnio, cansado de roernos, abre sus mandíbulas y nos deja caer, rotos é inánimes, con un pensamiento confuso que no sabe si aún está en el mundo real ó ha entrado en los dominios del sueño; pensamiento que funciona irregularmente, creando á la vez ideas de extraordinaria originalidad ó incoherencias y disparates.