Tal vez este obstáculo no era una creación verdaderamente suya, inspirada por el peligro; bien podría resultar que fuese un recuerdo inconsciente de olvidadas lecturas, como tantos actos de nuestra vida que consideramos originales. Ella se había resistido en el primer momento á su adopción, juzgándolo extraordinario, paradojal en demasía... mas ¿acaso en nuestra existencia todo es plano, mediocre, monótono? Hasta las vidas groseramente vulgares tienen un año, un día ó una hora en que toma su curso la viveza dramática, el sentimentalismo ó el magnífico dolor de los personajes imaginarios del teatro y del libro.
Había que hacer surgir la montaña entre los dos. Y si esto no era bastante, si él con su ardor juvenil intentaba cortar escalones en la roca, abrir senderos para volver hacia ella, entonces que la encontrase en brazos de otro hombre, protegida por un esposo capaz de defenderla con su presencia de las cobardías de la tentación.
Lo primero era alejar á este hombre, hacer que siguiese la órbita natural de su existencia; suprimir la fuerza desviadora que lo había sacado del curso ordinario de su destino. Luego, ella se casaría; lo había decidido la noche anterior. Era un modo de vivir á cubierto de las sorpresas dramáticas que puede darnos la vida cuando hemos prescindido de pagar á la juventud lo que le corresponde y queremos satisfacer luego la deuda fuera de tiempo. Un marido la permitiría vivir igualmente á cubierto de tantos Casa Botero que vagan por las grandes ciudades, queriendo convertir el matrimonio en herramienta de trabajo. Pensaba casarse con Arbuckle. Sería una asociación amistosa y tranquila para pasar el resto de la existencia en honorable paz. Ella necesitaba un hombre á quien mandar, y nadie mejor que este compatriota.
De pronto se sorprendió escuchando su voz, que preguntaba con un tono de irónico reproche:
—¿Y usted no se ha casado todavía con la hija de aquel catedrático que conocí en Madrid?...
Hizo Florestán ante esta pregunta inesperada un gesto que casi fué de regocijo. Creyó haber encontrado el misterio de aquella fuga inexplicable. La californiana había huído por celos de la otra. Y convencido de esto, se expresó con la vehemencia del que dice la verdad.
La hija de Mascaró era la compañera de su infancia; se querían con la ternura del cariño; ¿pero amor?... No; él se había imaginado amarla antes de conocer á cierta persona...
—Luego me he convencido de que sólo puedo amarla á usted... Mi padre murió creyendo que yo voy á casarme con esa muchacha. Los de su familia creen igualmente, como algo indiscutible, que seré su marido apenas haya terminado este viaje que ellos se imaginan motivado por negocios de mi herencia... Usted sabe la verdad. Yo vengo para decirle que mi verdadera vida sólo puede existir al lado de usted. La otra no es mas que una amiga, una compañera, y si usted quiere...
Concha Ceballos hizo un ademán para imponerle silencio. Estaba pálida; su mirada era dura; tenía en su boca el estiramiento agresivo de las horas difíciles.
—No siga hablando—ordenó enérgicamente—; eso que usted dice resulta monstruoso. Yo deseaba callar, pero ya no es posible. No añada una palabra: se avergonzaría usted luego.