Y hubo en su voz grave tal expresión de escándalo, de protesta, que el joven quedó vacilante y desorientado, como si acabase de decir algo inaudito, de cuya magnitud no se daba cuenta. Viendo la expresión interrogante de sus ojos, la otra continuó:
—Tuve que abandonarle en Madrid porque era necesario. Me atraía usted con la fuerza de un sentimiento que yo necesitaba mantener indefinido. Pero llegó una hora en que me di cuenta de que interpretaba usted mal ese sentimiento, y tuve miedo, el miedo que inspira lo monstruoso... Acuérdese de lo que ocurrió entre nosotros el mismo día que le abandoné al cerrar la noche. Confieso que yo le había besado antes, algunas veces, durante su delirio. Aquel día volvimos á besarnos á sabiendas, por mutuo consentimiento; mas al recibir su beso adiviné el terrible error que existía entre los dos; vi un peligro en el que sólo puede pensarse con temblores de vergüenza... Y usted, ¡pobrecito mío! no tenía la culpa. ¿Cómo podía tenerla? Usted no sabía, y no era extraordinario que se equivocase... Pero yo sabía, yo sé, y por eso huí entonces, por eso he evitado después su presencia. Usted ha tomado por amor, tal como lo entienden las gentes, por una atracción natural entre hombre y mujer, lo que sólo es...
Quedó indecisa y en silencio, como si no se atreviese á completar su revelación con nuevas palabras.
Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya, por creer que era lo más importante en aquella entrevista.
—He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre...
Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando:
—¿Se acuerda usted de su madre?...
Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su pasado, como una silueta pálida?...
La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una oración.
Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida, creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre, como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia, cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza.