En Macao, ciudad portuguesa, que está á cuatro horas de Hong-Kong, al otro lado del estuario, los agitadores de Cantón intentaron varias veces sublevar á los habitantes chinos; pero como su gobernador se encontraba en otras condiciones que las autoridades de Hong-Kong pudo hacer uso de medios enérgicos, sin miedo á que le echasen en cara anteriores complacencias, y los movimientos subversivos contra el europeo resultaron otros tantos fracasos.

Viven los negociantes de Hong-Kong con tanto lujo como los de Shanghai, pero aquí los lugares de placer son menos numerosos. Los chinos ricos mantienen con sus banquetes una calle entera de restoranes instalados en edificios de varios pisos. Toda la noche reflejan sobre las aguas de la bahía sus balconajes y sus aleros ribeteados de guirnaldas eléctricas. En este barrio resultan tan enormes los estrépitos como la iluminación. Los anfitriones de unos banquetes que duran la noche entera y cuestan miles de dólares quieren que sean acompañados de una pompa exterior reveladora de su generosidad. Frente á la puerta hay bandas de música pagadas por ellos, en las cuales el bombo, los platillos y los chinescos de abundantes campanillas son los instrumentos dominantes. Arden entre servicio y servicio vistosas piezas de fuegos artificiales; tracas ensordecedoras corren á lo largo de la calle ó por encima de los tejados, con un tiroteo de batalla.

Los ricos de raza blanca dan sus banquetes á la europea, en el lujoso Hotel de Repulse Bay, junto al camino de la Cornisa, ó en sus palacios de esplendorosa vegetación sobre las vertientes del Pico. Una de las manifestaciones de opulencia es la cantidad de servidores. Todo rico tiene á sus órdenes un ejército de coolíes. Únicamente con tal exuberancia de personal se consigue que marche á medias el servicio de una casa, pues cada doméstico chino sólo quiere encargarse de una función, limitada y fija. Justo es añadir que no hay criados más baratos y que exijan menos atenciones de sus dueños. El coolí recibe una cantidad determinada al mes y su amo no tiene que preocuparse de su comida ni de su instalación. Él se procura por su cuenta el alimento y para dormir le basta con el umbral de una puerta ó el hueco de una escalera. En realidad, no se sabe cuándo come ni duerme. El dueño le ve llegar siempre que le llama y muchas veces lo encuentra sin llamarlo espiando todo lo de la casa con sus ojitos de párpados tirantes, que parecen cosidos, y su sonrisa mecánica é inexpresiva.

Quiero visitar la ciudad de Cantón, y todos me dicen lo mismo:

—No vaya usted. Parece que andan á tiros diariamente los partidarios del doctor y sus adversarios. Además, si se juntan unos y otros, será para matar á los europeos por lo de las aduanas.

Sé que hay alguna exageración en tales afirmaciones, pero de todos modos resulta indudable que la capital de la China del Sur vive hace tiempo en un estado de revuelta.

Cantón fué la única metrópoli del Extremo Oriente que conocieron durante siglos europeos y americanos. Pekín permaneció cerrada para el mundo blanco hasta el último tercio del siglo XIX. Los Hijos del Cielo, deseosos de conservar aislado su vasto Imperio, habilitaron á Cantón como único puerto en el que podían ser admitidos los buques de las naciones cristianas.

Cuando los portugueses del siglo XVI anclaron por primera vez ante dicha ciudad, vieron que otros navegantes no europeos les habían precedido en su descubrimiento. Eran los marinos árabes, que tenían en ella desde mucho antes depósitos de mercancías y una mezquita. Durante cien años los capitanes portugueses monopolizaron el tráfico con Cantón, llevando á Europa por el Cabo de Buena Esperanza sus sederías y porcelanas. Los españoles adquirían estos mismos artículos en Manila, enviados por los mercaderes cantoneses, y la Nao de Acapulco los llevaba hasta Nueva España á través del Pacífico.

Fué bien entrado el siglo XVII cuando los ingleses empezaron á visitar el río de Cantón para cargar en sus naves el té, hierba cada vez más apreciada en Europa y América y que dió vida á una gran navegación para surtir los mercados de Liverpool, Salem, Boston y Nueva York. Esta afluencia de buques europeos y americanos fomentó la emigración indígena, y á ella se debe que todos los chinos esparcidos en el mundo sean de las provincias del Sur y consideren á Cantón como su verdadera capital, con preferencia á Pekín.

Al reunir algunos de estos emigrantes considerables fortunas en América, su deseo fué volver á Cantón para disfrutarlas, aumentando la riqueza de la ciudad. Los que no regresaron á su patria mantuvieron correspondencia con sus familias, y todo esto hizo que Cantón siguiese el movimiento liberal de nuestra época, pensando de modo distinto al resto del Imperio.