La población flotante de Cantón fué siempre un objeto de curiosidad para los viajeros. Los barcos forman grupos, como las manzanas de edificios en las ciudades terrestres. Sus bordas se tocan y los vecinos pasan indistintamente de una cubierta á otra. Angostos canales separan estos barrios de embarcaciones, sirviendo de callejuelas, por las que se deslizan diminutas canoas. Hay sampanes que son tiendas donde se vende lo más indispensable para las necesidades de esta población anfibia. Otros barcos viejísimos sirven de templos, y bonzos de existencia vagabunda viven mezclados con los habitantes del Cantón fluvial, mendigos, contrabandistas y eternos figurantes de todas las revueltas.

También han flotado durante siglos en las orillas del río Perla los famosos «bajeles de flores». El lector sabe indudablemente de qué sirven estas casas acuáticas, unidas á tierra por un ligero puente y con galerías cubiertas de plantas trepadoras y vasos floridos. Su tripulación—llamémosla así—es de mujeres con el rostro pintado y túnicas de colores primaverales. Estos «bajeles de flores», iluminados toda la noche, pueblan las obscuras aguas de reflejos dorados y alegres músicas. De sus patios surgen cohetes voladores que cortan la lobreguez celeste con cuchilladas de luz silbadora y multicolor.

Son restoranes y palacios del amor fácil para las gentes libertinas del país. El europeo que consigue penetrar en un «bajel de flores» sale casi siempre golpeado por los parroquianos. Más de una vez ha desaparecido el visitante blanco en el lecho fangoso del río.

Quedan aún muchos «bajeles de flores», pero no llegamos á verlos ni exteriormente. Los viajeros recién llegados á Cantón sólo conocemos las calles medio europeas del barrio de Shameen, entre el desembarcadero y el Hotel Victoria, que hemos atravesado en ricsha.

Los chinos cantoneses nos parecen menos educados, más levantiscos é insolentes que los de otras ciudades. Gritan al vernos pasar, con una voz agresiva; se dirigen á los compatriotas que tiran de nuestras ricshas, y aunque no puedo entender sus palabras, creo adivinarlas por los gestos con que las subrayan. Insultan indudablemente á estos compatriotas que sirven de caballos á los blancos. Se nota en la muchedumbre una excitación extraordinaria, á causa sin duda de los cruceros anclados en el río. Hay numerosos barcos de guerra ingleses, franceses y norteamericanos; además un crucero de Italia y otro de Portugal, todos con los cañones desenfundados y prontos á la acción.

Después del almuerzo en el Hotel Victoria, cuando los más curiosos nos disponemos á salir por las calles de los barrios chinos para visitar sus famosos almacenes de porcelana, llegan varios enviados de los cónsules y nos advierten que sería razonable y prudente un regreso inmediato á Hong-Kong.

Hace varias horas que en un extremo de Cantón las tropas del doctor Sun Yat Sen emplean sus fusiles y ametralladoras contra unos insurrectos. ¿Qué desean? ¿Por qué luchan?... Nadie lo sabe con certeza. Tal vez son cantoneses que no consideran bastante revolucionario al doctor, y como tienen armas á su alcance, se sublevan contra él, ya que no destruye con una rapidez milagrosa los cruceros de los blancos.

Nos marchamos en las primeras horas de la tarde, viendo otra vez los barrios flotantes del Cantón fluvial, y en plena noche llegamos á nuestros camarotes del Franconia.

Al día siguiente hablo á mis amigos de Hong-Kong de ir á Macao, y esto les produce más alarma que el viaje á Cantón. Todos dicen lo mismo:

—No vaya usted. Los piratas atacan el vapor-correo siempre que les conviene. Hace pocos meses se llevaron secuestrados á todos los que iban en él.