Con frecuencia se oye hablar en China de piratas; pero en las provincias del Sur y especialmente en el estuario del río Perla, la piratería es objeto de un respeto simpático, como el que infunden las instituciones tradicionales. La novela, dentro de la literatura china, es un género tan antiguo como la poesía lírica. Desde hace miles de años existen aquí novelas de tres géneros: históricas, de aventuras y de costumbres; pero la más famosa de todas es la escrita por Chinai Ngan, novelista del siglo XII, que vivió bajo la dinastía de los Kin. Este Chinai Ngan es el Wálter Scott chino; pero á pesar de que su fecundidad fué tan grande como la del célebre novelista escocés, sólo ha dejado una obra única, que se titula Historia de las riberas de un río. Debo añadir que esta novela famosa, leída en el curso de 800 años por todos los jóvenes chinos, tiene nada menos que 70 tomos y sus personajes principales son más de 100, sin contar los tipos secundarios, que tal vez pasan de 1.000. Todos los capítulos constan de dos partes, y en el transcurso de la obra se plantean, se desarrollan y epilogan 140 intrigas ó argumentos diferentes.
Este monumento literario es simplemente un relato de interminables hazañas, verdaderas ó fantásticas, que los piratas realizaron en el siglo X, bajo la dinastía de los Soung, al hacer la guerra á dichos emperadores. La China vivió en aquel período desgarrada por las guerras civiles y el bandidaje, despoblándose á consecuencia de largas hambres y pestes. Esta anarquía preparó la invasión y dominación de los mongoles, y comparada con ella, las dificultades actuales de la República resultan hechos insignificantes. Como todos los jóvenes leen la novela famosa de Chinai Ngan, empiezan su vida considerando la profesión de pirata como una aventura interesante que no puede deshonrar para siempre la vida de un hombre.
Me burlo del miedo que pretenden infundirme con sus piratas los habitantes de Hong-Kong. Luego me parece más serio y digno de ser tenido en cuenta tal peligro, cuando escucho á un joven comerciante español, establecido en Hong-Kong, llamado Gabino Caballero, que me sigue á todas partes amablemente. Estaba en el buque-correo de Macao la tarde del asalto y fué prisionero de los piratas. Acompañaba á su suegra, una señora filipina, deseosa de ser examinada por un médico especialista portugués que reside en Macao.
Acababan de sentarse á la mesa en el comedor del buque, cuando oyeron los primeros disparos. Las autoridades de Hong-Kong, preocupadas por osadías anteriores de los piratas, habían alojado en el vapor unos cuantos polizontes indostánicos armados de carabinas. Los piratas fueron avanzando de la proa á la popa, hiriendo á estos guardias ó desarmándolos por sorpresa. Al final se apoderaron de todo el buque, dejando medio muerto al capitán inglés, al maquinista y á otros de la tripulación que iniciaron una resistencia inútil. Mi amigo Caballero abandonó la mesa al oir los tiros, pero antes de llegar á la puerta del comedor se vió arrollado y golpeado contra la pared por una manga de chinos en armas que entraron como una tromba, ordenando á gritos que pusieran todos sus manos en alto.
Al frente de ellos iba una mujer, la eterna capitana de todas las novelas chinas de piratas, joven vestida á la europea, como una heroína de cinematógrafo, con falda azul y blusa blanca. Detalle curioso: esta amazona tenía un revólver en cada mano, y dichas armas estaban sujetas á sus muñecas por dos tiras de cuero en forma de pulseras. De tal modo podía soltar sus revólveres para registrar los bolsillos de los viajeros, volviendo á recobrar instantáneamente dichas armas colgantes en un caso de alarma.
El español tuvo que entregar su cartera y sus sortijas. Afortunadamente para él, éstas salían con facilidad de sus dedos. Un viajero que se esforzaba inútilmente por sacar las suyas se vió ayudado con una prontitud horrible. Los piratas le cortaron los dedos de una cuchillada y siguieron adelante en su registro. Como el capitán y el maquinista estaban tendidos en el puente sobre charcos de sangre, la joven de los dos revólveres tomó el mando del buque. Uno de los pasajeros, industrial de profesión, fué obligado á descender á las máquinas para dirigir su funcionamiento, ayudándole como fogoneros otros camaradas de infortunio.
Estos piratas no eran marinos. Se habían embarcado como pasajeros en Hong-Kong, distribuyéndose con arreglo á su vestimenta en los departamentos de las diversas clases, y al sonar una señal convenida, cada grupo se arrojó sobre un lugar previamente designado.
Navegó el buque varias horas con un timoneo loco por los canales del estuario. Muchos juncos pacíficos de cabotaje se vieron próximos á ser pasados por ojo, librándose de la catástrofe en el último momento gracias á una virada oportuna. Aun así, el vapor, que marchaba como un ebrio, arrancó á muchos veleros, con sus bruscos roces, todo lo que sobresalía de sus cascos. Al fin los piratas lo encallaron, pasada media noche, en una costa desierta, á varias leguas de Hong-Kong, desapareciendo tierra adentro, y unos pescadores llevaron á la ciudad la noticia del suceso para que un buque de guerra viniese á recoger las víctimas.
En el presente caso los piratas se contentaron con el botín, sin llevarse á los viajeros para exigir un rescate. Otras veces, montando juncos armados, toman por asalto á los vapores y raptan á sus pasajeros. Escriben después á las familias de éstos exigiendo fuertes cantidades, y si el dinero tarda en llegar envían como advertencia una oreja cortada ó un dedo, anunciando la continuación metódica de tales amputaciones.
—Pero todos los días no hay asalto de piratas—digo después de oir tales historias.