Digamos de paso, para el lector que lo ignore, que esta historia egipcia de tantos miles de años se apoya en textos antiguos, siendo los más importantes de ellos las listas de Manethon y el llamado «papiro de Turín».

Manethon fué un gran sacerdote de Heliópolis, que por encargo de Ptolomeo Filadelfo, uno de los faraones egipcio-griegos de la XXXIII dinastía, hizo las listas de las treinta y dos dinastías anteriores, ó sea de toda la historia de Egipto á partir del rey Menés (primera dinastía), cinco mil ochocientos años anteriores á nuestra era, unos setenta siglos antes de nosotros.

La historia egipcia, con su amplitud enorme, mal conocida hasta hace un siglo, ha puesto en penosa situación á muchos historiadores deseosos de armonizar dicha cronología con la historia del pueblo judío, declarada sagrada. El Pentateuco no da más que tres mil ó cuatro mil años, según los diversos comentaristas, á la vida de la humanidad entre el Diluvio y el nacimiento del Mesías, principio de nuestra era. ¿Cómo explicar la existencia histórica de las dinastías egipcias durante cinco mil ochocientos años?

Los primeros faraones resultan muy anteriores al Diluvio, y como en sus tiempos el pueblo egipcio había ya llegado á una civilización que exige miles de años para su desarrollo, debemos admitir que cuando los escultores nilóticos habían tallado ya esta Esfinge que ahora contemplo, Adán y Eva aún no estaban en el Paraíso ni habían empezado á desarrollarse en Asia los demás episodios preliminares de la interesante leyenda de los hebreos.

Algunos autores llevan realizados grandes esfuerzos para justificar esta incoherencia histórica, pero resultan tan inútiles como pretender vestir á la Esfinge con mezquinas ropas humanas.

Lo primero que se les ocurrió fué declarar errónea la cronología de Manethon. Efectivamente, las tablas del gran sacerdote de Heliópolis contienen inexactitudes, como todas las obras que abarcan períodos de miles de años; pero tales equivocaciones, si por un lado dan mayor duración á ciertas dinastías, disminuyen en cambio los años de otras, que recientes descubrimientos arqueológicos hacen más extensas. Estos errores sólo significan una diferencia de quinientos años para los observadores imparciales. Mas los que desean á toda costa encerrar la inmensa historia egipcia dentro de los tres mil ó cuatro mil años de la historia de los judíos, sin otra razón que la de haber sido declarado sagrado este pequeño y obscuro pueblo de la antigüedad, llegan á suprimir catorce siglos en la cronología de Manethon con argumentos arbitrarios, desmentidos continuamente por los descubrimientos de la arqueología.

Pero aunque la crónica de Manethon resultase en realidad mil cuatrocientos años más corta, no por esto dejaría de ser la historia egipcia infinitamente más larga que la del pueblo judío. Antes de las dinastías consignadas por Manethon existe el período mítico, los miles y miles de años que fueron necesarios para que los cultivadores del Nilo modificasen las tierras pantanosas y crearan una civilización capaz de producir la Esfinge y las Pirámides.

Este período prehistórico tiene un testimonio: el «papiro de Turín», llamado así porque lo guardan en la Biblioteca de dicha ciudad. Dicho papiro divide el Egipto remotísimo en tres períodos, que abarcan juntos diez mil años, época mitológica de dioses y héroes, simbolizando los trabajos y penalidades de los primitivos egipcios al cultivar y civilizar lentamente el valle del Nilo.

Las Pirámides impresionaron algunas imaginaciones á causa de sus masas y el esfuerzo inexplicable representado por ellas, hasta el punto de dar origen á una especie de culto religioso. Hombres de espíritu elevado quisieron atribuir una significación espiritual y misteriosa á estas piedras amontonadas por el «inepto orgullo» de varios faraones.

En Inglaterra ha existido una escuela «piramidista» con hombres de verdadero mérito, que pretendieron encontrar en las Pirámides secretos matemáticos, astronómicos y religiosos. Para ellos, cada una de dichas tumbas gigantescas guardaba una gran lección de la misteriosa ciencia egipcia. En realidad, los creadores de estas obras absurdas é imponentes sólo buscaron satisfacer su inmenso orgullo, siguiendo á la vez los instintos de todo déspota, inclinado á sospechar de cuanto le rodea. Quisieron que sus monumentos fúnebres se viesen de muy lejos á causa de la potencia de su masa, aumentando su esplendor con templos secundarlos, avenidas de esfinges y pilones triunfales. Al mismo tiempo desearon que su cadáver, divinizado, quedase tan hábilmente oculto que nadie pudiera descubrirlo.