Una buena suerte, siempre fiel, acompañó sus trabajos. Al poco tiempo de iniciarlos descubrió el Serapeum de Memfis, panteón donde se guardaban las momias de los bueyes Apis. Este hallazgo le hizo célebre, y el kedive de Egipto, luego de darle el título de bey, le encargó la dirección de todas las excavaciones arqueológicas del país. Durante treinta años, Mariette-bey exploró el Egipto en varias direcciones, limpiando de arena los monumentos de Memfis y de escombros los grandes templos tebanos. Con todos sus hallazgos creó cerca del Cairo el Museo de Boulaq, extraordinario para su época, pero que después ha resultado malsano por su emplazamiento junto al Nilo y pequeño para contener los hallazgos de sus sucesores.
Mariette-bey murió en 1881, siendo enterrado como un egipcio del tiempo de los faraones, á la entrada del Museo de Boulaq, en un sarcófago de granito, entre dos esfinges.
Otro francés continuó su obra, Gastón Maspero, antiguo profesor del Colegio de Francia, que acabó por ser director general de las Antigüedades de Egipto, con toda clase de facultades concedidas por el gobierno del país. Bajo su dirección, hasta hace pocos años, en que ocurrió su muerte, y bajo la de su sucesor, continúan sin descanso las excavaciones, saliendo á luz nuevos monumentos y papiros.
Hoy, todo el producto de la cosecha milenaria, realizada por los egiptólogos, ya no está en el Museo de Boulaq. Maspero creó en pleno Cairo el llamado Museo Egipcio, vastísimo palacio rodeado de jardines, que tiene frente á su fachada un monumento á Mariette.
Este museo del Cairo es la construcción más extensa y hermosa de dicha capital. En ninguno de los de Europa se preocuparon los arquitectos de la comodidad de los visitantes y buenas condiciones para su respiración como en este edificio, casi reciente. A pesar de que existen en su interior tantos cadáveres, tantos objetos que permanecieron miles de años en la lobreguez de las tumbas, no se nota el más leve hedor. Su ambiente es más puro que el de los museos de cuadros y de estatuas.
Sin embargo, la elegante é higiénica blancura de sus escalinatas y la aireada amplitud de sus salones únicamente se aprecian en los primeros momentos, al entrar en el museo. En seguida nos asalta el pasado, nos envuelve el misterioso encanto de este país que se resistió á dejarse conocer durante el curso de dos milenarios, y ahora, repentinamente, en menos de un siglo, entrega con una prontitud que puede llamarse violenta todo el secreto de su pasado.
Ya dije al hablar de Tebas que las ruinas actuales dan una falsa idea de lo que fueron las construcciones antiguas. No se ve en aquéllas más que la piedra, algunas veces áspera porque la labraron para mantenerse oculta bajo suave revestimiento. La mayor parte de los edificios del antiguo Egipto fueron multicolores. Las columnas estaban pintadas y sus capiteles de loto tenían cubiertas las hojas de diversas tintas y de oro.
Es en este museo donde puede conocerse directamente el arte multicolor de los egipcios. Junto al Nilo, en las ruinas de templos y pirámides, perdura el esqueleto de su civilización; aquí, bajo techo, se guardan sus músculos, su carne, sobre todo su epidermis maravillosa.
Vemos por todas partes oro y colores. Hasta las estatuas de madera ó alabastro están pintadas, con una frescura de tintas tan maravillosa que hace dudar de su origen remoto. Casi todas las cabezas tienen ojos de vidrio, con un redondel de ébano y metal que imita la pupila, dándola una fijeza enigmática é inquietante. Parece que estos personajes de sesenta ó setenta siglos guardan aún fragmentos de un alma que ha podido presenciar la mayor parte de la historia humana.
Menciono tal cantidad de siglos porque las figuras más expresivas, más cerca de la realidad, son las antiguas, las de la época memfita, contemporáneas de las Pirámides y de los primeros faraones.