Además de la policromía de estatuas, muebles y joyeles, la piedra empleada por los antiguos artistas da una variada gradación de colores naturales á este museo de siete mil años, que guarda desde el punzón de oro tallado perteneciente al tocador de una dama de Memfis, hasta colosos de varios metros que tocan con su mitra faraónica el techo de los salones. La diorita, el alabastro, la calcárea blanca y amarilla, el asperón rojo, los granitos rosa y gris, el esquisto verde, extraídos de las diversas canteras vecinas al Nilo Alto, al Nilo del Sudán ó las costas del mar Rojo, alternan con el alabastro y la madera como materias estatuarias.
Encontramos sarcófagos en abundancia: unos pesadísimos, de sobria ornamentación, imponentes por las toneladas que representa su masa de una sola pieza; estelas con estatuas destinadas á guardar la puerta fingida de todo hipogeo egipcio; bajos relieves con centenares de personas siguiendo al faraón triunfante—el monarca siempre gigantesco y los simples mortales tan pequeños que apenas le llegan al tobillo—; columnas de floridos capiteles imitando al loto y á la palmera; escribas leyendo ó arrodillados, en actitud de estenógrafo; servidores amasando el pan, vigilando el asador, llevando las sandalias de su amo; escenas cinceladas en el granito que representan las flotas egipcias en sus avances por el mar Rojo, ó á la princesa negra Ponuit, de grotescas posaderas, saliendo al frente de sus tribus para ofrecer árboles de incienso á los marinos faraónicos; y esfinges, muchas esfinges, con rostro de mujer y cuerpo de león.
Resulta interminable la asamblea de faraones y princesas reunida en estos salones blancos. Hasta hay estatuas de enanos que indudablemente hicieron reir con tristes bufonadas á reyes y reinas en los tiempos que aún estaba empezando la historia del pueblo hebreo. Vemos dioses fluviales con los pies apoyados en cocodrilos; episodios de guerra, burilados con una paciencia admirable en las piedras más duras y difíciles de ser trabajadas; sangrientos choques, que deben llamarse de «carretería», pues en ellos los adversarios no van á caballo y se lanzan flechas desde lo alto de sus carros de combate.
Admiramos los muebles recién salidos de la tumba de Tutankhamen. Tienen la misma brillantez y frescura que si fuesen imitaciones modernas. La permanencia de varias docenas de siglos en la lobreguez de una tumba parece haber rejuvenecido sus oros. Examinamos numerosos sillones que fueron tronos, igualmente dorados, con el cuero cubierto de figuras multicolores y los brazos en forma de pantera; cofres que tienen en sus cuatro superficies y su tapa cóncava interminables historias representadas por un mundo de figurillas; lechos por cuyos costados desfilan también procesiones de hombres y animales diminutos.
Alineada en armarios de cristal existe toda una humanidad de estatuitas talladas en madera. Egipcios rechonchos, de cara jocunda, celebran banquetes al aire libre y se divierten con varios juegos; filas de mujeres llevan ofrendas á los dioses; pequeñas barcas, exactamente parecidas á las del Nilo, permanecen inmóviles en mitad de las vitrinas, con la vela izada, los bogadores encorvados sobre los remos y un niño en la proa que tiene los brazos en alto y la boca abierta en actitud de gritar. Los personajes caricaturescos se mezclan en este mundo de muñecos egipcios con plañideras de trágica actitud.
Más allá vemos paisajes ingenuos pintados en láminas de alabastro ó de barro. La pintura no progresó en Egipto como la escultura. Cortó su desarrollo la influencia sacerdotal, exigiendo una actitud hierática al cuerpo humano, un convencionalismo de pintura sagrada en las escenas de la vida ordinaria. Todos los personajes están en fila, tienen la cara de perfil, el tronco de frente, con los dos hombros iguales, y brazos y piernas igualmente perfilados.
Hay carros faraónicos en estos salones que aún se mantienen sobre sus ruedas, mesas de ofrendas dedicadas á los muertos, estatuas para prolongar la vida del «doble», tumbas sostenidas por gacelas de piedra, cuya forma ligera contrasta con la mole de granito rojo convertida en sarcófago, y una variedad desconcertante de ataúdes antropomórficos, cajas de madera pintada, que todos hemos visto en los museos de Europa, imitando el contorno del cuerpo humano y en la parte correspondiente á la cabeza una copia policroma de la cara del difunto. Pero aquí estos féretros son de faraones ó altos personajes de su corte, resultando admirable la frescura de sus colores y dorados.
Las joyas de ciertas reinas llenan vitrinas enteras: collares de ristras múltiples, sortijas, pendientes, anchos brazaletes. Los faraones también usaban alhajas, y algunas de las más admirables pertenecieron al fastuoso Ramsés II.
Abundan platos y copas de oro. El Egipto antiguo apenas conoció la plata, no habiéndose encontrado hasta ahora ningún objeto de dicho metal. Todo es oro y bronce, y los artífices del país llegaron á forjar puñales y espadas con una flexibilidad comparable á la de las hojas de acero.
El Egipto posterior á los faraones, el sometido á la influencia de griegos y romanos, está en las salas del piso bajo. Descendiendo á ellas se cree haber saltado en unos minutos numerosos siglos. La momia, la estela, el faraón sentado, el dios con cara de animal, quedan lejísimos. Aquí encontramos sirenas pulsando liras, la imagen de Serapis, la de Afrodita, cabezas de prisioneros gálatas, estelas del cristianismo egipcio, vírgenes coptas de un tallado ingenuo y rudo, capillas que recuerdan el arte bizantino, con más rudeza en sus trazos; todo lo que los anticuarios descubrieron en el convento de San Apolo, en Baouit, fundado durante los primeros tiempos del cristianismo triunfante.