Pero la historia cristiana del Egipto sólo tiene un interés secundario para los que visitan el país. Esta tierra es la de los faraones, y todos desean conocer lo que se mantuvo en el misterio hasta mitad del siglo pasado, la historia del Egipto clásico remontándose desde la dinastía XXIII á la protohistoria, vagorosa entre las nieblas de la fábula.

En ningún otro sitio puede abarcarse como aquí la interminable y confusa variedad de las divinidades egipcias.

Verdaderamente no ha existido una religión egipcia, organizada y única, como es por ejemplo el catolicismo. Durante cuarenta siglos sólo hubo numerosos cultos locales. Unos adquirieron importancia según la protección de los faraones ó sus propios milagros; otros fueron eliminados por una selección religiosa.

Los egipcios, conservadores por naturaleza, se preocuparon más de guardar todos los cultos que de escoger entre ellos para formar una religión única. Por su parte, los sacerdotes, en vez de trabajar para suprimir dicha confusión religiosa, sólo pensaron en establecer una jerarquía entre los numerosos dioses, respetándolos á todos. Cada uno procedió así por el interés de su provincia y de su dios especial. Los sacerdotes de inteligencia elevada vieron en los innumerables dioses una emanación particular de un dios único, más poderoso que todos; pero tal concepción monoteísta solamente la poseyeron los egipcios de casta superior.

De esta masa de dioses, confusa é imposible de describir minuciosamente, se elevaron con triunfante superioridad, por ser divinidades particulares de pueblos dominantes en la historia de Egipto: Horus, Ra y Osiris. Cuando Tebas prevaleció sobre Memfis, el dios tebano Ammón recibió culto en todo Egipto bajo el nombre de Ammón-Ra, para identificarlo con el dios particular de Heliópolis, que era Ra, el Sol.

Otro dios nacido en una provincia se extendió por todo el Egipto: el ya mencionado Osiris, dios de la luz, enemigo de su hermano Set ó Tifón, demonio de las tinieblas. Brilla durante el día, y Set lo mata á traición y lo despedaza todas las noches. Su mujer Isis llora sobre su cadáver mientras Set reina en la tierra y la cubre de sombras. Pero el triunfo de la iniquidad dura poco. Horus surge en el horizonte y venga á su padre.

En realidad, Osiris, símbolo de la luz, acabó por ser el más popular de los dioses egipcios. El hierro era considerado vil porque Set había matado á Osiris con un arma de dicho metal. Cuando se oxidaba el hierro, cubriéndose de manchas rojas, los egipcios creían ver en ellas la sangre de Osiris.

Los diversos cultos locales empezaron á representar sus primeros dioses con cuerpo de animal y cabeza humana, como en la gran Esfinge. Siglos después, fué más frecuente que los dioses se mostrasen representados con cuerpo humano y cabeza de animal. Horus aparece con cabeza de gavilán, Isis con cabeza de vaca, y los demás dioses con cabeza de ibis, chacal, leona, etc.

Como lógica deducción de esta manera de representar á sus dioses, acabaron los egipcios por rendir culto á ciertos animales. Los consideraron divinos por el hecho de que sus cabezas servían para las imágenes. Estos animales divinizados fueron el león, el cocodrilo, el buey, el carnero, el chacal, el gato, el gavilán, el ibis y el escarabajo.

Unos pocos de ellos nada más consiguieron ser adorados en todo el Egipto. Los restantes sólo eran tenidos por dioses en determinadas ciudades, mientras recibían en otras los peores tratos, por rivalidad provincial. En Tebas, por ejemplo, tributaban honores divinos á los cocodrilos, y en la isla de Elefantina, situada á corta distancia, los mataban.