Era peligroso tocar á un animal sagrado dentro de la población que le rendía culto. En Alejandría, ciudad casi griega, bajo el reinado de los Ptolomeos, faraones mestizos de heleno, la muchedumbre ejecutó á un soldado romano, cien años antes de nuestra era, por haber matado á un gato sin intención preconcebida, sólo porque el gato era sagrado en dicha ciudad.

Mantenían los templos animales vivos, que los fieles adoraban, ofreciéndoles comida y adornos, dando motivo dicho totemismo á grandes burlas de los primeros escritores de la Iglesia cristiana. En Shodú, donde eran tan abundantes los cocodrilos sagrados que los griegos la llamaban Crocodilópolis, así como en los templos de Tebas, guardaban los sacerdotes muchas bestias de tal especie, adornando sus orejas con anillos de oro y sus patas con brazaletes. En Heliópolis adoraban á un ave de paso, que los griegos llamaron en su lengua fénix, inventando acerca de ella varias fábulas que han llegado hasta nosotros y hecho popular el nombre del ave fénix.

De todos los animales sagrados, el más famoso fué el buey Apis. Vivía en Memfis y necesitaba condiciones muy especiales para ser promovido al rango de dios. Debía ser negro, con una mancha blanca sobre la frente en forma de triángulo, la figura de un águila en el lomo, una marca en la lengua semejante á un ala de escarabajo, y los pelos de su cola dobles. Los sacerdotes le creían engendrado por un rayo caído junto á una vaca. Cuando encontraban á este animal extraordinario, luego de convencerse de la existencia de todas las señales mencionadas, lo instalaban en su capilla, mostrándolo al pueblo.

Su reinado divino sólo duraba veinticinco años. Si vivía más, los sacerdotes lo ahogaban en una fuente sagrada, buscando á otro. Todos los Apis eran embalsamados, y Ramsés II dedicó á sus cuerpos una gruta excavada en la roca, el Serapeum. Por espacio de dos mil años recibió este panteón las momias de los Apis, siendo al fin cubierto por la arena y olvidado cuando Egipto aceptó el cristianismo, hasta que Mariette-bey lo descubrió en 1851, perfectamente intacto.

Como el período de mayor dominación faraónica fué el de las dinastías tebanas, Ammón, dios de Tebas, ascendió de simple divinidad provincial á figurar como el primero de todos los dioses, poseyendo los templos más enormes. Sus sacerdotes le llamaron «padre de los padres y madre de las madres», perfecto, eterno y todopoderoso, habiéndolo creado todo y no habiendo sido creado jamás. Los otros dioses eran el mismo con diverso nombre, y lo representaban navegando por el cielo en una barca, un dios secundario en la proa armado de lanza, otro dios en el timón, y moviendo los remos las almas de los hombres más virtuosos y eminentes.

Pero todo esto no es más que una síntesis ligera de la gran masa de religiones egipcias, que nunca constituyeron una creencia homogénea; selva tropical, enmarañada y obscura de dioses y diosas, animales deificados, demonios y magias.

Este pueblo de tantos miles de años tuvo una existencia más compleja que la imaginada por los sabios cuando aún les era imposible leer su escritura. Abundan contrastes y contradicciones en su historia religiosa. Adoraban los animales, les daban muerte cuando habían cumplido cierta edad, y á continuación los embalsamaban, convirtiéndolos en dioses.

Durante los faraones de origen egipcio, los diversos cultos se mantuvieron en las orillas del Nilo; luego mostraron una extraordinaria fuerza de expansión, en la época griega de los Ptolomeos y bajo el Imperio romano. Desde las costas del Asia Menor hasta las Galias y las Islas Británicas se han encontrado estatuillas de dioses egipcios ó imitaciones locales de dichas imágenes. Sacerdotes vagabundos de Isis llevaban á todos los pueblos los cultos de su diosa, de Serapis y de Anubis.

Dichos sacerdotes de Isis—poco recomendables á causa de sus costumbres—ofrecían el engañoso consuelo del milagro que ha deseado siempre la pobre humanidad desde sus primeros tiempos, siendo con ello simples precursores de imágenes omnipotentes creadas después por otros cultos más modernos. Curaban valiéndose de prodigios; eran adivinos y exorcistas, y las cofradías formadas por ellos en muchos lugares de Europa lloraban una vez al año la muerte de Osiris, celebrando con gran estrépito su resurrección.

Empezaba á extenderse el cristianismo por el mundo, precisamente en el momento de la mayor expansión religiosa de los egipcios, y miró con odio especial á estos sacerdotes de Isis, curanderos y milagreros, que pretendían rivalizar con la nueva doctrina. A fines del siglo IV, Teófilo, patriarca cristiano de Alejandría, impulsó á las turbas á quemar el Serapeum de dicha ciudad, gran centro de las creencias egipcias.