El animismo del antiguo Egipto, que dió importancia de dioses á todas las cosas naturales, «desde los cuerpos celestes y el Nilo, hasta los más humildes sicomoros de sus orillas», proporcionó al mismo tiempo á los hombres la noción de la inmortalidad del alma, noción que ha servido de base á todas las religiones posteriores.

Por un lado, parece que los egipcios pensaban mucho en la muerte. Un escritor romano dijo de ellos que consideraban sus viviendas como moradas de paso y sus tumbas como moradas eternas. En sus banquetes, fué costumbre presentar á los comensales un pequeño féretro, para que no olvidasen en medio de su regocijo que debían morir. Pero á la vez amaban no menos la vida, como observa Salomón Reynach, y tal era su pasión por ella, que desearon conservarla más allá de la muerte, guardando, gracias al «doble», en el interior de su tumba las mismas sensualidades y apetitos que los vivos.

Resulta indudable la existencia en Egipto de una aristocracia intelectual, poseedora de conocimientos guardados en el misterio para que no los adquiriese la muchedumbre. Se han exagerado mucho estos conocimientos, pero con mayor ó menor amplitud es cierto que existieron.

Algunos templos estaban construídos de un modo que facilitase la observación de las estrellas, pudiendo notar sus posiciones relativas. Ciertos pasillos y puertas eran empleados, á causa de su orientación, como tubos de telescopio para estudiar el cielo.

De sus descubrimientos, el más indiscutible es el uso del pararrayos. Esto no quita ningún mérito á Franklin. La autenticidad de su invención nadie la pone en duda; pero como ha ocurrido muchas veces en la historia de la ciencia, lo que él descubrió lo habían descubierto miles de años antes los sabios egipcios.

En el pilón de todos los templos, las dos torres macizas que lo componen estaban rayadas por dos huecos verticales, adaptándose á cada uno de ellos un mástil que se remontaba muy por encima del edificio. Al fin de este mástil ondeaban cuatro banderolas con los colores sagrados: rojo, blanco, azul y verde. Según escritos de la época, dichos mástiles, que se ven en todas las representaciones de portadas elevándose hasta treinta metros, y que muchos creyeron simples portabanderas, tenían su punta final forrada de cobre. También los obeliscos de piedra erguidos ante los templos guardaban su punta bajo un casquete del mismo metal. Los textos egipcios dicen expresamente que dichos palos eran elevados para «cortar la tempestad en las alturas del cielo». Otros escritos añaden en forma simbólica que eran las dos hermanas divinas Isis y Nepthys, las cuales con sus grandes alas protegían á su hermano Osiris contra las violencias de Tifón, dios de las sombras, deseoso de darle muerte.

Fué la ciencia en Egipto un monopolio de los sacerdotes; pero á semejanza de lo ocurrido en otros pueblos, acabó por salir del secreto de los templos, se hizo laica durante las últimas dinastías y ejerció una influencia benéfica sobre los conocimientos del pueblo griego. Y como los griegos fueron los maestros del mundo actual, debemos indudablemente una parte de nuestros conocimientos y nuestra manera de apreciar la vida á remotos sacerdotes egipcios, cuyos nombres probablemente no conoceremos nunca.

La inmovilidad milenaria de Egipto resulta una falsa apreciación de los escritores helenos. Este pueblo ha tenido avances y reacciones, como todos. Bajo las primeras dinastías llevó una vida patriarcal. Los faraones no habían acaparado aún la tierra del país y poseían los labriegos la independencia y el decoro que proporciona un régimen de pequeña propiedad.

El período tebano fué el del apogeo faraónico, y al mismo tiempo el de más despotismo político y mayor influencia teocrática. Los sacerdotes de Ammón acabaron por ser reyes ó creadores de reyes. Las pinturas de las tumbas eran horripilantes. La presión del sacerdote se extendía hasta más allá de la muerte.

Luego, al perecer el Imperio tebano y filtrarse en el valle del Nilo ideas exteriores con la llegada de pueblos navegantes, empieza á hablarse una lengua olvidada, la de los tiempos de la protohistoria egipcia. Ansias de vida gozosa y libre se mezclan con la antigua preocupación de la muerte, penetrando hasta en los hipogeos como un rayo de sol. Así se comprende, dice Reclús, que poco antes de la conquista romana un gran sacerdote que había perdido á su esposa grabase una inscripción solemne en su tumba, semejante á las antiguas, pero añadiendo como exhortación final: «No te canses en la otra vida de comer, de beber, de embriagarte, de hacer el amor; no dejes que la pena penetre en tu corazón.»