Buscan todos los visitantes del Museo Egipcio la momia de Ramsés II. No es solamente por las glorias exageradas y sonoras que se atribuyeron al gran Sesostris; tal predilección tiene por origen una leyenda terrorífica formada en torno á su cadáver.
Este gran fabricante de templos y toda clase de construcciones laudatorias para los dioses y para él, que en una inscripción llama «piedras eternas» á las de sus edificios, no ha conocido el respeto eterno para su gloria, hábilmente falsificada, pues la crítica histórica la desmenuzó, restableciendo la verdad. Tampoco ha conocido el respeto eterno para su cadáver. Muchos siglos después de su muerte, alarmados los sacerdotes por los frecuentes saqueos de tumbas reales, juntaron cierto número de momias faraónicas, entre ellas la de Ramsés II, para ocultarlas en un escondrijo. Pero el mencionado depósito fué descubierto por los egiptólogos hace algunos años, viniendo á parar aquí el cadáver embetunado y cubierto de vendas del gran Sesostris.
Se halla tendido en un ataúd que tiene por cubierta una lámina de cristal. Dicho féretro está colocado horizontalmente á la altura de una mesa, y el visitante puede inclinarse sobre él, examinando su contenido á pocos centímetros de distancia.
Al lado de Ramsés, en otra caja de cristal, vemos á su padre, Seti I. Murió más joven que Sesostris, era de menos estatura, y al contemplarlos juntos parece imposible que el jovenzuelo momificado pueda ser padre del otro, viejo feroz, extremadamente narigudo, que murió á los noventa años y guarda una expresión de altivez jactanciosa, de vanidad real.
Treinta y un siglos y medio después de su muerte, todavía se dió el gusto de asustar una vez más á los egipcios.
Su cadáver fué colocado por orden de Maspero en esta caja de cristal. Tenía los dos brazos, con sus envoltorios de vendas, cruzados en aspa sobre el pecho y las manos tocando sus hombros.
No se sabe cómo se realizó el prodigio. La explicación más verosímil es suponer que, después de un encierro de tres mil años, en absoluta obscuridad, los brazos del cadáver, cubiertos de una capa de betún, al recibir un rayo solar á través del vidrio, sufrieron la dilatación que produce el calor sobre ciertas materias, moviéndose espasmódicamente uno de ellos.
Lo cierto es que la momia de Ramsés II, sin perder su inmovilidad yacente, levantó una de sus manos, dando una bofetada á la cubierta de cristal. Se la ve todavía con el desarreglo de dicho movimiento: un brazo cruzado sobre el pecho, con la mano junto al hombro; el otro brazo separado del tronco, la mano levantada y los dedos vendados junto al vidrio.
Todos los guardianes egipcios del museo, que habían mirado con cierta alarma la llegada del terrible personaje, no perdiéndole de vista un momento en su nueva instalación, se dieron cuenta inmediatamente del despertar de Sesostris.
Estaban seguros de que al fin haría una de las suyas; pero tal convicción no les impidió sufrir el susto más grande de su vida.