Teóricamente existen cuatro castas, que conoce el lector: la de los bracmanes, que puede llamarse intelectual y religiosa; la de los guerreros, la de los comerciantes y agricultores, que equivale á nuestra clase media, y la del populacho ó de los parias, que engloba á todas las tribus vencidas. Pero en la vida corriente el número de castas resulta incontable, tan infinita es su variedad.
Se han subdividido las cuatro primitivas, seccionándose luego con una variedad interminable, según los oficios y las maneras de vivir. Todo indígena algo ambicioso forma un nuevo grupo dentro de su clase, para obtener de tal modo cierto prestigio que le coloque sobre los demás. Es una actividad semejante al interminable seccionamiento de la célula.
El indostánico de las ciudades del interior, cuando conoce á un funcionario inglés ó se imagina que cualquier viajero es personaje importante en su país, le ruega inmediatamente que le proporcione un título, un simple papel autorizándolo á usar el nombre, por ejemplo, de «Luminar de la sabiduría», «Árbol de la prudencia», etc. Para él lo interesante es poder mostrar dicho diploma á sus amigos, considerándose gracias á esto por encima de ellos.
La abundancia de príncipes soberanos, la tendencia del pueblo á dividirse y subdividirse en nuevas castas, necesariamente hostiles, la ambición de imaginarias distinciones y los profundos odios religiosos, impiden la existencia de una acción común y un pensamiento único en los trescientos millones de seres que pueblan la India, los cuales jamás, durante su historia milenaria, se mostraron un momento de acuerdo.
Otra impresión profunda que el viajero se lleva de este país de riquezas abrumadoras, tan desigualmente repartidas, es el hambre, la feroz hambre de la India.
Puede decirse que el indostánico es el único hombre de la tierra que ha realizado el milagro de vivir casi sin comer. Los japoneses comen mal, pero comen. En la China se han conocido grandes hambres, y aún se repite esta calamidad en algunos de sus distritos, vastos como naciones. Pero cuando el chino encuentra la ocasión de comer, absorbe todo lo que halla á su alcance, hasta cosas para nosotros inmundas, sin que ningún escrúpulo religioso dificulte su hartazgo.
El hambre en la India es epidémica. Todos los años se ceba esta calamidad en algunos de sus territorios, destruyendo centenares de miles de seres.
Al pasar junto á una de las provincias azotadas por el hambre vi un campamento de esqueletos todavía vivientes. Sus piernas eran dos cañas apoyadas en el grueso de las rótulas; las aristas de su costillaje y de su cráneo se marcaban como filos de cuchillo en la flácida envoltura de una piel seca, sin vestigios de los antiguos rellenos vitales.
La autoridad británica aprisca á estos rebaños humanos que huyen del espectro amarillo del hambre; hace lo que puede por sustentarlos, pero muchas veces no puede nada, y cada veinticuatro horas mueren extenuados mujeres, niños y viejos, con la misma horrible profusión que si hubiese caído sobre ellos el cólera ó la peste. Sin embargo, no hay gente en el mundo que cueste menos de alimentar; ¡pero son tantos y se reproducen con tan inagotable rapidez!...
En las calles de Bombay, donde siempre hay grandes edificios en construcción, he observado á los albañiles cuando llega el mediodía y puestos en cuclillas comen su almuerzo. Éste consiste en unos cuantos cacahuetes ó un puñadito de arroz, que sostienen en la palma de su mano izquierda. Y para hacer durar el placer de la comida, el pobre indígena va tomando con los dedos su arroz, uno á uno, ó pasea por su boca con lenta masticación el grano oleaginoso y tostado del maní.