Esto es todo. Su jornal suele consistir en varios anas, moneda que equivale á nuestras piezas de cobre. ¡Y si pudiese trabajar todos los días!... En la India nunca se halla en relación la abundancia de brazos con la demanda de trabajadores, y los más de éstos pasan varios días de la semana sin ocupación, lo que les obliga á reservar la mayor parte de su jornal, insuficiente muchas veces para las necesidades del día en que lo ganaron.

Desconocen los pueblos de Occidente una miseria como la del populacho de la India. Los pobres más pobres de nuestros campos, los mendigos más astrosos de nuestras ciudades, no podrían vivir una semana la sobria existencia del indostánico. Es demasiada hambre para un blanco. Pero estos indígenas, amenazados por toda clase de enfermedades epidémicas, mordidos por los reptiles venenosos en sus pies desnudos, explotados eternamente por sus rajás, ignorados por las autoridades británicas y sin medios de subsistencia, insisten en vivir, se han acostumbrado al hambre, yendo en aumento su cantidad de centenares de millones... Y todavía el escrúpulo religioso les prohibe nutrirse con alimentos animales, condenándolos á un escaso vegetarismo.

Tal vez sea el hambre la causa principal de que este pueblo haya vivido eternamente esclavo en el curso de su historia. El viajero Tavernier, al visitar en el siglo XVII la corte del Gran Mogol, luego de haber admirado sus fabulosas alhajas, se fijó en la guardia del soberano, ricamente vestida. Los cuatrocientos mosqueteros y los lanceros que daban escolta al esplendoroso Shah-Jehan le parecieron destinados á correr ante unas cuantas docenas de soldados de Europa.

Cuando presenció su comida en las dependencias del suntuoso palacio de Delhi, pudo explicarse tal flojedad. Un poco de arroz hervido era su alimento diario, y por su condición de musulmanes, osaban añadirle grasa caliente de vaca, pero con ridícula parquedad, hundiendo los dedos en una escudilla de dicho líquido antes de coger la bolita de arroz. Así se comprende que, pasado medio siglo, cayesen los persas sobre Delhi, quebrantando sin grandes esfuerzos al Imperio de los Grandes Mogoles. Los guerreros de Tamorlán, que fundaron en la India el Imperio turcomano, eran grandes devoradores de carne de yegua.

Luego de perderse la hegemonía de Delhi, los únicos guerreros indostánicos fueron los habitantes del Pendjab, los sikhs de Lahore, que prolongaron bajo nueva forma el poderío de los Grande Mogoles.

Akbar «el Victorioso», á pesar de que era musulmán, intentó conciliar todas las religiones de la India, incluso el cristianismo y el judaísmo, dentro de una fórmula monoteísta, más filosófica que religiosa. Un comerciante de Lahore, llamado Nanak, fundó después una religión semejante, la de los sikhs ó «discípulos». Esta secta, musulmana realmente, tomó una organización militar, lo que era desconocido en la India, donde las numerosas divisiones del induísmo y los devotos del budismo abominan de la guerra y todo derramamiento de sangre.

Los sikhs, admirables soldados, crearon y sostuvieron un reino independiente en el Pendjab, que se defendió de 1800 á 1839. La Compañía de las Indias tuvo que luchar mucho para someter al famoso rey de Lahore, que había nombrado generales de sus tropas á tres oficiales franceses procedentes del ejército de Napoleón.

Aún figuran los sikhs como los mejores guerreros de la India, por no decir los únicos, y sus condiciones belicosas se deben tal vez á que prescinden del estricto vegetarismo de los brahmanistas y comen carne; pero debe ser de cabra, respetando la vaca y el cerdo, como lo hacen sus compatriotas induístas y mahometanos. Inglaterra trajo á Europa sus batallones durante la última guerra, y la administración militar se vió en grandes apuros para reunir todas las cabras exigidas por la manutención de tantos miles de sikhs.

La llegada del vaporcito que va á llevarnos al Franconia interrumpe mis reflexiones. ¡Adiós á la India! Vamos á empezar dentro de media hora una vida completamente nueva.

Al poner el pie en la cubierta de nuestra ciudad flotante entraremos en plena civilización occidental, con sus refinamientos de higiene y bienestar.