Hemos pasado varios días sin beber agua pura. La botella de soda inglesa, las más de las veces recalentada por una atmósfera ardorosa, era lo único que podía apagar nuestra sed durante las excursiones por unas tierras donde nunca se sabe cuándo termina el cólera, la peste bubónica ó la lepra, calamidades que fingen desaparecer y siguen ocultas hipócritamente para resucitar con ruidosa mortalidad.

Ya no tendremos que dormir en una banqueta de vagón, con las narices obstruídas y la garganta seca á causa de las mangas de polvo que entran por las ventanillas, forzosamente abiertas en un ambiente ardoroso. No más inquietud á la hora de acostarse viendo correr por los muros escorpiones ó arañas enormes y temiendo que debajo de la cama esté oculta una de las najas que horas antes se balanceaban ante la escalinata del hotel. Nos esperan en el Franconia el hielo abundante y los ventiladores poderosos que ahuyentan el calor, el baño de agua purísima extraída de las profundidades oceánicas.

Vamos á ignorar durante una semana la existencia de la tierra suelta en la atmósfera, que mancha y asfixia. Nos abren los brazos para recibirnos la frescura y la limpieza. Ya estamos en la ciudad blanca, toda blanca, de un blanco deslumbrador hasta en los lugares más secretos adonde vamos impulsados por groseras necesidades, que hacían dudar todas las mañanas al gran Alejandro de que realmente fuese dios, como decían sus aduladores. Nos libertamos al fin del majestuoso sillón agujereado y con brazos que aún conservan en la mayor parte de los hoteles ingleses de la India, con un indígena de gran turbante junto á la puerta dispuesto á retirar la entraña de loza apenas sale el cliente.

Cinco días se prolonga esta vida blanca, limpia, higiénica, sin otros olores que los de la ropa recién lavada y los ramilletes frescos colocados en las mesas del comedor. Marchamos con rapidez, y al impulso de las máquinas se une el dulce empujón de un mar de popa que nos ayuda con el incansable y dulce asalto de sus olas. Pasan á lo lejos buques con rumbo opuesto al nuestro, luchando por abrirse paso á través de los muros azules que un mar de proa envía á su encuentro.

Una mañana vemos tierra á ambos lados del buque. Estamos en el mar Rojo. Por una ironía geográfica, es el mar más densamente azul que hemos encontrado en nuestro viaje. Su título de Rojo debieron inventarlo los egipcios que vivían al término de él, junto al istmo, á causa del desagüe del gran canal del Nilo. Como es un mar estrecho, bajo el cielo del Trópico y entre riberas que parecen arder por exceso de sol, sufre una gran evaporación, lo que concentra extraordinariamente la sal de sus aguas.

Entramos en uno de los dos canales que forma la isla volcánica de Perim, fortificada por los ingleses, la cual estrecha todavía más la boca angosta de este mar. Luego, á nuestra derecha, en la costa asiática, que es la del Yemen, vemos una ciudad árabe, toda blanca. Los minaretes de sus mezquitas cortan el cielo, intensamente azul, sin una nube, ascendiendo en rivalidad con una torre moderna de metal que debe ser un faro. Estamos ante la famosa ciudad de Moka. Algún tiempo después vamos pasando junto á dos islotes altos y angostos, uno de los cuales tiene un faro en su cumbre. Ambos pitones se muestran agujereados como un panal; parecen enormes esponjas petrificadas; desde su cintura de espumas hasta su cúspide tienen el mismo aspecto de la piedra pómez. Los navegantes, por su proximidad y semejanza los llaman «los Dos Hermanos».

Nos cruzamos frecuentemente en este mar-callejón con grandes paquebotes que se dirigen á la India, Java ó Australia. Van quedando detrás del Franconia dos vapores despintados y viejísimos, mendigos del mar, que se arrastran tosiendo humo por su asmática chimenea. Varios galeones de velamen obscuro, casco redondo é incesante balanceo parecen acompañar á los vapores inválidos. Estos buques árabes pertenecen al cabotaje del mar Rojo, y pasan muchas veces en unas horas, con un simple cambio de vela, de los puertos de Asia á los puertos de África.

Los vetustos vapores llevan sus cubiertas repletas de gentío, como si transportasen rebaños humanos. Son peregrinaciones musulmanas procedentes de la India ó de los puertos del África intertropical que van á visitar la Meca, desembarcando un poco más arriba de Port Sudán, donde bajaré yo mañana.

Estas peregrinaciones marítimas á la Meca y los veleros árabes dan al mar Rojo un aspecto extraordinariamente exótico para los viajeros que vienen de Europa. Un mundo nuevo empieza para ellos. Nosotros venimos de dar la vuelta á la tierra, nos acercamos al término del viaje, y el mar Rojo nos parece algo ordinario que vimos muchas veces, como si estuviese unido á nuestro pasado. Es tal vez porque al final de este callejón marítimo está el Mediterráneo, toda la vida europea, que encontraremos en el término de unas semanas, y podríamos ver antes de cinco días si continuásemos marchando en línea recta.

La noche en el Sur del mar Rojo, entre la costa africana y la de la Arabia Feliz, ofrece una novedad inolvidable. El brusco salto del calor solar á la frescura nocturna produce una evaporación extraordinaria. El ambiente está impregnado de olores de sal recalentada y de marisco. Grandes peces de luminosidad azul, como si estuviesen untados de fósforo, corren junto á la proa, rivalizando en velocidad con el buque. Luego quedan atrás, entrecruzándose en sus jugueteos caprichosos.