Cuando las tropas de la primera República francesa tuvieron que abandonar Egipto después de la huída de Bonaparte y del asesinato de Kleber, quedaron frente á frente disputándose la posesión del país los mamelucos, especie de guerreros feudales, á los que habían batido los franceses, y los caudillos del sultán de Turquía, poseedor de esta tierra desde siglos antes.

Entre los jefes secundarios del ejército turco figuraba un macedonio, un griego musulmán, llamado Mohamed-Alí, coronel de mil albaneses. El general del ejército turco intentó matarlo por creerle autor de una de sus derrotas, y Mohamed-Alí pasó al lado de los mamelucos, batiendo á sus antiguos amigos en todos los combates.

Dotado de raras condiciones de militar y de gobernante, se apoderó en poco tiempo del Egipto, expulsando á los turcos y suprimiendo á los mamelucos, sus nuevos compañeros. Al quedar solo, fué señor absoluto de todo el país, como cualquiera de los faraones de las dinastías más gloriosas. Por intervención de Inglaterra y otras potencias, se allanó á pagar al emperador de Turquía un tributo en señal de vasallaje, pero aparte de ello dispuso del valle nilótico como un soberano independiente.

Este Mohamed-Alí, fundador de la dinastía que aún gobierna Egipto en la actualidad, es el personaje más eminente que produjo dicho país en el pasado siglo. Quiso sacar al pueblo de su apatía secular, creó un ejército y una flota, intentó instruir al fellah y hacer de él un europeo, mejoró la agricultura, abrió escuelas, creó industrias nacionales, trajo de Europa numerosos instructores y maestros. Muchas de sus creaciones perecieron poco después, como ocurre casi siempre con las obras rápidas, de precipitada ejecución. Pretendió en unos cuantos años resarcir á su país de un quietismo de veinte siglos. Pero de todos modos su impulso violento sirvió para despertar á Egipto, y aún subsiste una mínima parte de las fundaciones de este dictador que difundía el progreso á golpes.

Una vez dueño del Nilo clásico, quiso extender sus conquistas por la Nubia y el Sudán. Como Egipto es una creación del Nilo, procuró, lo mismo que muchos faraones, someter á su gobierno las remotas fuentes de la gran vía acuática nutridora del país.

Su hijo Ismail-pachá, en 1820, avanzó por las riberas nilóticas de la Nubia y la parte del Sudán llamada Etiopía Baja, conquistando todas las tierras comprendidas entre la primera y la sexta catarata hasta llegar á la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul. En este cruzamiento, que es donde verdaderamente empieza el Nilo sin sobrenombre, encontró un pequeño grupo de cabañas, llamado Ras-el-Kartum, y dos años después Kartum (en árabe, «Trompa de Elefante») se transformó en una ciudad fortificada, capital del Sudán. Bajo el reinado de Mohamed-Alí y sus inmediatos descendientes, continuó el desarrollo de Kartum á causa de su posición geográfica, hasta convertirse en un importante centro comercial.

La autoridad egipcia sólo se hacía sentir desde El Cairo, á 2.700 kilómetros de distancia, por medio de gobernadores cuya firmeza y conducta moral dejaban mucho que desear. Todos ellos se enriquecían con el tráfico de esclavos, realizado descaradamente á pesar de las reclamaciones formuladas por los diplomáticos extranjeros residentes en Egipto.

En 1881, habitaba la isla de Abba sobre el Nilo un sudanés de origen humilde, un tal Mohamed-Ahmed, de cuarenta y siete años, doméstico en su juventud de un médico francés al servicio del gobierno egipcio. Este Mohamed-Ahmed empezó á gozar entre sus correligionarios gran reputación de santidad. Todos los indígenas, al descender ó remontar el Nilo, se detenían en la isla para entregar ofrendas al milagroso derviche y escuchar su palabra.

Cuando juzgó suficientemente numerosa su corte de fanáticos, se declaró Mahdí, título que significa «el Dirigido». Según la tradición musulmana, el Mahdí es un enviado de Dios, dirigido por él, que debe venir algún día, pues así lo anunció el mismo Mahoma, para completar la obra del Profeta, regenerar el islamismo y someter el mundo entero á la media luna. Los discípulos predilectos del Mahdí y los que después le sirvieron como lugartenientes se llamaron derviches, indicando de tal modo el carácter religioso de su campaña.

Como la isla de Abba empezaba á ser un centro de agitación para el Sudán, el gobernador egipcio de Kartum resolvió prender al santo personaje y enviarlo al Cairo á disposición de su gobierno. Para esto expidió doscientos cincuenta soldados de un regimiento negro, con dos cañones, dando á su jefe la orden de capturar al profeta por sorpresa ó á viva fuerza. Los negros desembarcaron en Abba, inquietos y temerosos á causa del carácter sagrado del Mahdí. Los más de ellos sabían por los sudaneses que bastaba una palabra suya para que la pólvora se convirtiese en agua. Cuando estos soldados temblorosos se presentaron ante la vivienda del santo derviche, los fanáticos cayeron sobre la tropa egipcia, matando á una tercera parte, mientras el resto se embarcaba en desorden y á toda prisa para llevar á Kartum la noticia de su derrota.