El efecto moral de este primer triunfo fué inmenso en todo el Sudán, apreciándolo las gentes como un milagro indiscutible. Pero el profeta no quiso aguardar sus homenajes y abandonó la isla de Abba para refugiarse en los bosques del Kordofan, afluyendo á él sectarios de todos los territorios cercanos. En poco tiempo se vió al frente de una horda de muchos miles de guerreros, y como á la vez se desarrollaba en Egipto la revuelta nacionalista del coronel Arabi-pachá contra la influencia extranjera, el gobierno egipcio no pudo reprimir inmediatamente la insurrección de los derviches.

Al fin, la insistencia de los representantes de Inglaterra consiguió que Egipto enviase un ejército de 12.000 hombres contra el Mahdí, mandado por un jefe británico á su servicio. La muchedumbre sudanesa, armada solamente de lanzas y azagayas, pero enardecida por la temeridad del musulmán fanático que desea morir para verse en el paraíso ofrecido por el Profeta, arrolló al ejército anglo-egipcio, á pesar de sus cañones y fusiles, aplastándolo completamente. Luego el Mahdí derrotó otras dos columnas egipcias, apoderándose de la mayor parte del Sudán, hasta cortar las comunicaciones entre Kartum y el mar Rojo, ó sea el camino que seguimos nosotros ahora en ferrocarril.

Así empezó en 1883 el sitio de Kartum, episodio que durante un año preocupó á todas las naciones, con inquietudes semejantes á las inspiradas por la suerte de Port-Arthur durante la guerra ruso-japonesa, ó la de Verdún en la gran guerra europea.

Un personaje de raza blanca, tan interesante y novelesco como el Mahdí, se irguió de pronto frente al sitiador. Inglaterra tuvo en la segunda mitad del siglo XIX una especie de cruzado de la colonización británica: el general Carlos Jorge Gordon. Sus compatriotas, orgullosos de su gloria, lo consideraban al mismo tiempo un tipo exótico, llamándole comúnmente Gordon «el Chino» ó Gordon-pachá.

Había mandado el ejército chino en 1870 para combatir á los enemigos del Imperio, llamados Tai-Ping ó «revoltosos de los cabellos largos». Con unos cuantos europeos reorganizó las tropas chinas, salvó á Shanghai y acabó por vencer á los insurrectos. Era un personaje algo místico, que tenía gran confianza en su influencia espiritual. En realidad, su energía serena le proporcionaba un gran ascendiente sobre las razas inferiores. Hacía la guerra sin armas, con un simple bastoncito en la diestra, pero marchaba á la cabeza de sus soldados cuando éstos cargaban á la bayoneta, colocándose el primero en los lugares de mayor peligro. Los chinos estaban convencidos de que ninguna bala podía tocarle. Después de salvar á la dinastía manchur no quiso ser más tiempo generalísimo de su ejército y regresó á Inglaterra como simple teniente coronel.

En 1874 entró al servicio de Egipto y fué nombrado gobernador del África ecuatorial, extendiendo las fronteras egipcias considerablemente. Cinco años después presentó la dimisión por divergencias con Tewfik, el nuevo kedive, pasando á la India, donde obtuvo el grado de mayor general.

Al quedar sitiado Kartum, el gobierno del Cairo pensó en él. Los soldados egipcios lo adoraban como un guerrero sobrenatural, lo mismo que los chinos. Era el único caudillo capaz de batir á un personaje milagroso como el Mahdí.

Gordon volvió á Egipto, iniciando su campaña con una decisión novelesca que sólo él podía adoptar. En vez de pedir que le diesen tropas, montó en un camello, y sin otro séquito que un guía, emprendió la marcha desde la costa del mar Rojo, deslizándose entre las hordas del Mahdí hasta penetrar en Kartum.

Se asombró el mundo al ver cómo este hombre, completamente solo, iba á encerrarse en una ciudad que todos veían próxima á rendirse. Durante trescientos diez y siete días se defendió Kartum, y la atención de Europa estuvo pendiente de la suerte de esta capital, desconocida hasta poco antes, que todos buscaban en el mapa. La energía mística de Gordon, su fe en las influencias sobrenaturales, parecían haber contagiado á gran parte de la tierra. Además, como en aquel momento no ocurría ningún suceso más importante, la atención general se concentró en la lejanísima ciudad, interesándose todos por la suerte de este guerrero de leyenda, convencido de que luchaba por la civilización.

Esto ocurrió entre 1884 y 1885, cuando era yo estudiante. Todas las mañanas repetíamos en la Universidad las mismas preguntas que en aquel momento formulaba el resto de Europa: