—¿Qué dicen los diarios?... ¿Qué se sabe de Gordon?... ¿Continúa defendiéndose?...
Cerca de un año duró esta inquietud. Al fin, los mahdistas penetraron en Kartum aprovechando la traición de ciertos correligionarios suyos residentes en ella, y Gordon fué hecho pedazos por los fanáticos ante la puerta de su palacio de gobernador, donde los esperaba con intrépida serenidad.
Como Kartum era para el Mahdí la ciudad de la abominación, después de saquearla ordenó que destruyesen sus edificios y trasladaran los escombros á la vecina población de Omdurmán, creada durante el sitio. También se llevaron cautivos á los habitantes que no habían sido asesinados, familias de ingleses, austríacos y otros europeos al servicio del gobierno egipcio ó de griegos é italianos que monopolizaban el comercio de dicha plaza.
Murió el Mahdí á los cinco meses de su victoria; hubo una corta guerra civil entre sus principales discípulos, y al fin tomó el título de Califa su teniente Abdullah, quien intentó dar carácter de nación á las hordas de Nubia, Sudán y el África ecuatorial, atraídas al sitio de la metrópoli sudanesa como á una peregrinación guerrera. Este gobierno de los derviches triunfantes duró quince años.
Inglaterra, para salvar á Gordon, había enviado un ejército anglo-egipcio al mando de lord Wolseley, pero cuando éste, á costa de penosos esfuerzos, pudo llegar á las cercanías de Kartum, la ciudad ya no existía, Gordon había muerto, y consideró prudente retirarse, temiendo una gran derrota.
El Sudán fué abandonado á sus destinos después de este fracaso, é Inglaterra pensó únicamente en los asuntos del verdadero Egipto. Sólo en 1899 consiguió su reconquista un ejército anglo-egipcio, del cual era sirdar ó generalísimo lord Kitchener, el mismo que figuró en la guerra europea y pereció en el mar del Norte por haber sido torpedeado el buque que le llevaba á Rusia.
Avanzar contra los derviches siguiendo el Nilo aguas arriba, como lo había intentado lord Wolseley, resultaba difícil y peligroso como operación única. Pero Inglaterra construyó este ferrocarril en el que viajo ahora, y pudo enviar desde el mar Rojo otro ejército para que batiese de flanco á los derviches. Así logró apoderarse del Sudán, que ya no fué provincia egipcia, pasando á figurar como posesión británica.
Cuando despierto en el vagón-dormitorio recuerdo al Mahdí y á Gordon, personajes históricos de mi juventud, que inspiraron á los de mi época el mismo interés que si fuesen héroes de novela. Nunca se me ocurrió entonces la posibilidad de ver algún día directamente este país tantas veces contemplado en las publicaciones ilustradas de aquel tiempo. ¿Por qué motivo iba yo á conocer Kartum? ¿Cómo llegar á un sitio tan apartado de mi país, tan al margen de los viajes corrientes que realizan la mayoría de los europeos?... Y sin embargo, antes de que se ponga el sol estaré en la misteriosa ciudad africana que imaginé tantas veces como algo exótico y quimérico.
Voy notando desde la ventanilla de mi compartimento que el paisaje matinal, aunque no es fértil, revela en su vegetación áspera y compacta la existencia de cierta humedad. Nuestro tren ha cambiado de rumbo, y en vez de ir de Este á Oeste cruzando el desierto, como lo hizo durante la noche, rueda de Norte á Sur, paralelo al Nilo, con dirección á Kartum.
Nos mantenemos á cierta distancia del gran río. Algunas veces nos aproximamos á él. Es una enorme faja verde con peñascos de basalto orlados de espuma, entre los cuales hierven los rápidos, formando pequeñas cascadas. Estamos en el Nilo de las famosas cataratas, entre la segunda y la sexta, donde resulta imposible una larga navegación. Pero estas visiones fluviales son casi instantáneas. Unas veces el río se aleja, otras es el ferrocarril quien se aparta, interponiéndose entre ambos una cadena de dunas ó barreras de espinosa vegetación.