Surgen por el Este pequeñas montañas de asombrosa regularidad en sus aristas y superficies. Necesitamos que un empleado del tren nos afirme que dichas montañas son una ciudad en ruinas. Desorientados por los espejismos y el exceso de luz de estas tierras desiertas, nuestros ojos sufren continuos errores.
La ciudad es Meroe, capital de reino durante varios siglos, período que puede llamarse corto en relación con los miles de años de la historia egipcia. Este reino de Meroe fué teocrático. El monarca, creado por los sacerdotes, debía obedecerles ciegamente. Vemos pirámides, columnatas de templos, esfinges medio sumidas en la arena, los restos de una metrópoli, iguales á las ruinas del Bajo Egipto tantas veces contempladas en los libros.
Consideramos inaudito que el tren no se detenga en Meroe para ponernos en contacto con esta primera muestra del Egipto clásico. Semanas después, al conocer los monumentos del Nilo Bajo, tan explorados y estudiados, comprendemos dicha preterición. No existe ningún pueblo junto á la ciudad muerta: sólo el desierto en torno á sus ruinas. Estos monumentos cubiertos de arena empiezan á ser excavados y los sabios que los estudian se hallan aún al principio de sus investigaciones.
Perdemos de vista las ruinas gigantescas de Meroe. En las aldeas sudanesas donde nos detenemos después, se nota la influencia de esta vecindad histórica. Junto á las estaciones se alzan casas de adobes que tienen forma de pilón, ó sea de pirámide truncada. Algunas de ellas ostentan en sus fachadas columnas de barro, cortas y gruesas, semejantes á las de granito en los templos faraónicos. Las mujeres usan mantos de azul añil y las niñas van peinadas en menudas trencitas que les caen á ambos lados del rostro, como las antiguas egipcias.
Veo algunas viejas picudas, que tienen epidermis de cuero hondamente arrugado y ojos mates y malignos, lo mismo que si fuesen momias vivientes. Algunas recuerdan la cara de Ramsés II dentro de su ataúd de cristal en el Museo del Cairo. A la sombra de la estación hay siempre algún derviche de manto negro y turbante verde que lee el Corán y tiene acurrucado ante sus pies un semicírculo de silenciosos oyentes. Estos sacerdotes de mirada hostil nos hacen pensar en el Mahdí.
La mayor parte de la gente que se agolpa en las estaciones, atraída por el paso de un tren especial, es negra, intensamente negra. Estamos en la Baja Etiopía, país de los famosos esclavos. Muchos pequeñuelos van desnudos por completo, con un botón saliente en mitad de la barriga y otro más prolongado que cuelga al final de ésta. Todos tienen un rostro tan graciosamente feo, que es imposible mirarlo sin reir. Sólo una minoría de etíopes son cobrizos, mejor dicho, de una palidez sucia, que les hizo denominarse «rojos».
Siempre se dividió la humanidad que habita junto al Nilo en estos dos grupos, desde hace miles de años: hombres negros y hombres rojos. Lo de «rojos» fué un eufemismo, una exageración, para distanciarse de los negros. En realidad son de bronce, y sin embargo es posible que el título de mar Rojo dado al más azul de los mares se deba á que los habitantes de sus costas se llamaron «hombres rojos».
Entre las estaciones, vemos marchar por una pista cercana al tren las primeras caravanas de camellos. Cada uno de dichos animales lleva dos fardos á ambos lados de su giba, y tiene atado el hocico por una cuerda sutil al rabo del precedente. De este modo, en las caravanas cortas, el único conductor, marchando delante, no teme que le roben un camello ó que retarde su paso, acabando por extraviarse.
Casi siempre, en estas caravanas modestas, el dueño abre la marcha montado en un asno. Esto parece atentar contra las leyes de lo pintoresco, pero así es. El arriero del Sudán no se preocupa de poetizar el paisaje; busca su comodidad, y los «navíos del desierto», con las violentas ondulaciones de su espinazo, acaban por marear á los jinetes novicios y fatigan hasta á los más acostumbrados á tal medio de locomoción. Además, los que acarrean mercancías á través del desierto nubio prefieren montar en burro, pues esto les permite apearse con más facilidad para atender á la vigilancia de su caravana.
Debo añadir que el camello, tan difundido en África, no es africano. El viejo Egipto sólo lo conoció, importado de Asia, en las últimas dinastías faraónicas. En cambio, el asno es del Sudán, y de esta tierra lo tomó Egipto, siendo durante miles de años el fiel compañero del fellah. Según las tradiciones etíopes, la hermosa reina de Saba montaba habitualmente en asno.