Volvemos á ver colinas rojas y puntiagudas, sucediéndose en el horizonte como pirámides. Pero ahora son simplemente colinas. En esta tierra de continuos espejismos, sol rojizo y arena reverberante, se acaba por no distinguir las obras de la Naturaleza y las del hombre. Todo tiene el mismo color é idénticas líneas. Atravesamos campos cultivados, en los que trabajan mujeres con la cabellera aceitosa partida en trencitas faraónicas y hombres sin más traje que una larga camisa blanca y solideo del mismo color. Estas plantaciones de algodón las riegan los canales de un río que se deja ver unos instantes, desaparece y vuelve á mostrarse más lejos. No es el Nilo grande que hemos entrevisto durante la mañana; se llama el Atbara, y desciende de los montes de Abisinia, como un hijo emancipado del Nilo Azul.

Son las dos de la tarde. Llevamos ya veintiocho horas de viaje. Debemos estar cerca de su término. Los algodonales han desaparecido. Rodamos nuevamente sobre la aridez del desierto. De pronto vemos la arboleda de un gran oasis, casas en forma de cubo ó de blocao que se levantan en los límites del interminable arenal, luego un río anchísimo con una flota anclada de veleros, todos de forma arcaica, y vaporcitos que son casas flotantes partidas por dos ó tres balconajes. En la orilla opuesta de este río hay paseos umbrosos, pequeños palacios rodeados de jardines, todo verde, todo fresco, extremándose verdura y humedad por el rudo contraste con el desierto que se extiende como un mar amarillo en torno al oasis. Ya estamos en Kartum.

El cochero que nos conduce al hotel lleva por todo indumento una camisa blanca hasta los pies y un turbante. La cara la tiene cubierta de tajos reveladores de su origen. En el brazo derecho ostenta un brazalete de cuero con dos cartuchos que contienen oraciones del Corán. Este es el traje de los sudaneses más elegantes, y parecido lo vamos á ver, Nilo abajo, á lo largo del Egipto.

Todo hombre nilótico es un varón con camisa de mujer. Si quiere añadir tela á su sencilla vestimenta la arrolla en torno á su cabeza, para aumentar el volumen del turbante. Cuando sopla el huracán, levantando trombas del suelo, las viajeras pudibundas tienen que cubrirse los ojos, no por la arena precisamente, sino por la ligereza de las camisas masculinas, que se hinchan y remontan, haciendo ver que los egipcios actuales ni siquiera usan vendajes como las momias.

Kartum es de ayer. La arrasó el Mahdí, como ya dije, utilizando los escombros aprovechables en su ciudad de Omdurmán. El gobernador inglés goza de amplia autonomía, y las distintas personalidades que han ocupado dicho gobierno procuraron embellecer la reciente capital con nuevos edificios. Hay numerosos centros de enseñanza, oficinas públicas, cuarteles, rodeados siempre de jardines, junto á calles de frondosa arboleda. El agua es abundante y activa los progresos de esta vegetación excitada á la vez por la humedad de sus raíces y el ardor de la luz que barniza sus hojas.

Muchos edificios públicos llevan el nombre de Gordon. En el centro de la ciudad se alza el monumento del héroe, estatua original, única tal vez en el mundo. Gordon se muestra jinete en un camello, que es el caballo de guerra de los sudaneses. A pesar del cuello largo y la giba de dicha montura algo ridícula, conserva el monumento un aspecto noble, digno de este guerrero místico y visionario.

Bajo el dominio de los ingleses, el caserío se ha ensanchado considerablemente. Frente al antiguo Kartum, en la otra orilla del Nilo Azul, se formó una ciudad industrial, llamada Kartum del Norte, y los dos centros urbanos con el cercano Omdurmán representan más de cien mil habitantes. Los vecinos del Kartum actual proceden de igual origen que los del antiguo, degollados por el Mahdí ó conducidos como esclavos á su campamento. Hay muchos italianos, pero la mayoría son griegos.

Abunda el griego en Egipto desde hace veinticinco siglos, y actualmente, para huir de la rivalidad comercial con sus compatriotas, va avanzando río arriba, hasta el corazón del África nilótica. En todas las factorías sudanesas, si existe algún mercader de Europa es siempre un griego. La suprema ambición comercial de la mayor parte de los helenos establecidos en Egipto consiste en llegar algún día á poseer un café. Tal vez á causa de ello abundan tanto en Kartum los establecimientos de dicha especie. Todas las casas tienen arcadas en su piso bajo, y al amparo de estos soportales de azulada sombra hay siempre mesas y sillas, periódicos arrugados, é interminables enjambres de moscas que esperan zumbando la llegada de los consumidores.

Me instalo en el Gran Hotel, frente al Nilo Azul, en la avenida principal de la ciudad. Famosos personajes de Europa y América, herederos de trono, multimillonarios de la industria y del comercio, celebridades militares, han vivido en este hotel, que no es más que una gran casa colonial de frescos patios pavimentados con baldosas europeas y altísimos techos. Imposible compararlo con los suntuosos establecimientos de igual clase que vamos á encontrar en Egipto.

Aquí descansan, á la ida y al regreso, los que van á cazar en el corazón de África. Frente al hotel hay anclados algunos vapores blancos, yates de forma graciosa al servicio del gobierno autónomo del Sudán. Éste los alquila á todo el que quiera hacer un viaje por el Nilo Blanco, atravesando el África todavía misteriosa, donde es posible cazar hipopótamos, rinocerontes, elefantes y leones. El yate se toma por semanas, con su tripulación, su capitán y hasta su cocinero. En el precio entra la alimentación, y sólo hay que preocuparse para hacer dicho viaje de pagar la cantidad convenida.