Con el entusiasmo inspirado por tales facilidades, que me explican algunos funcionarios británicos y el director del hotel—joven suizo, oficial de caballería en su país—, prometo volver el año próximo para realizar una expedición hasta el lago Nianza, donde nace el Nilo, buscando luego salida por el lado del mar, en un pequeño ferrocarril que va á Mozambique. Todo esto lo digo de buena fe porque estoy en Kartum, lo que significa tener hecha ya una parte considerable del viaje. Ahora sonrío pensando en mi entusiasmo. Para alquilar uno de los yates del gobierno del Sudán, hay que empezar por ir á Kartum, ¡y está tan lejos!...

Encuentro en la terraza del hotel una nube de vendedores ofreciendo los mismos objetos de marfil vistos en Port Sudán. Éstos no son beduínos de ropas astrosas. Tienen un aspecto internacional; parecen indostánicos venidos desde un puerto del mar Rojo, egipcios que huyeron del Cairo ó de Luxor, negros vestidos á la europea, todos parlanchines, osados, valiéndose de su confianza á estilo oriental para contestar desvergonzadamente, pidiendo el céntuplo del valor de los objetos y acordando á continuación escandalosas rebajas.

Surge de ellos un coro de indignación y protesta cuando dudo de la autenticidad de su marfil. Uno afirma que el gobernador del Sudán los metería en la cárcel si vendiesen marfil falso. Cuando le pregunto dónde puedo ver las fábricas de dichos objetos y los depósitos de colmillos, duda, se rasca la cabeza por debajo de un gorrito redondo bordado de oro, y al fin responde con autoridad:

—Aquí no hay fábricas ni depósitos; pero si va usted mañana á Omdurmán, verá los talleres donde se fabrica todo esto, y montones de colmillos de elefantes así... ¡así!...

Y levanta los brazos, estirándolos con grandes esfuerzos, para indicarme la altura inconmensurable de los montones de colmillos que puedo ver mañana.

Empieza el crepúsculo; el Nilo Azul se va sumiendo en la obscuridad. Surgen de sus flotillas al ancla los mismos ruidos de los puertos poco frecuentados cuando se aproxima la noche: choques de maderas, voces de tripulantes llamándose, chirridos de garruchas lejanas, chapoteos acuáticos bajo remos invisibles, canciones lentas, nostálgicas.

La avenida principal de Kartum, que es al mismo tiempo el muelle más importante de la ciudad, tiene dos filas de álamos gigantescos, con la exageración lujuriante de este árbol cuando sus raíces se hallan próximas al agua corriente.

Encuentro junto al hotel la fachada de un templo modesto con una cruz en su remate. Es la iglesia copta. El lector sabe sin duda que los coptos son los cristianos egipcios. Después de perder su religión nacional hace dos mil años, el pueblo egipcio no tuvo tiempo para aceptar las creencias de sus dominadores los romanos, y el cristianismo fué su nuevo dogma, adoptándolo con reconcentrado entusiasmo. Muchos santos fueron egipcios, y en los desiertos de la Tebaida, junto á las ruinas menospreciadas de la antigua Tebas, surgieron los eremitas y se crearon las primeras órdenes religiosas.

Cuando Egipto fué invadido por los musulmanes, la gran masa de los fellahs cambió de religión, aceptando la de los vencedores, por considerar que su eterno destino consiste en seguir las creencias de todo amo que puede pegarles. Una parte del país se mantuvo fiel á las ideas cristianas, y este cristianismo primitivo, que conserva sus ceremonias de culto iguales á las de las primeras asociaciones creadas por los apóstoles, es la llamada religión copta.

Ha cerrado la noche. Un canto de voces infantiles, que suenan desacordes por el aislamiento y muy separadas unas de otras, atrae mi atención. Al ir hacia ellas, noto que más allá de la línea exterior de álamos, en la misma ribera del Nilo, existe una serie de pozos ó excavaciones verticales sobre la corriente acuática.