Hay en cada uno de estos pozos una noria de madera, con cangilones que son pequeñas tinajas de barro. Un burro enano y animoso marcha en círculo haciendo rodar este mecanismo primitivo, inventado tal vez hace cincuenta siglos. El animal, al dar su vuelta, pisa un segmento de círculo formado con ramas y tierra apisonada, balconaje rústico debajo del cual se abre la profundidad del Nilo Azul. La bestia laboriosa pasa y repasa sobre este suelo tembloroso sin darse cuenta de que sus patas trotadoras tienen debajo el vacío.

Un muchacho cobrizo, de ojos de gacela, camisa larga y blanco solideo, lo anima cantando una estrofa temblona, con cierta languidez sentimental. Es la canción del agua, que hace miles de años entonan los ribereños del Nilo en una orilla doble de tres mil kilómetros.

Así la cantaban indudablemente en los tiempos faraónicos; y como un rasgueo de guitarras invisibles que acompañasen en sordina esta romanza fresca, suenan los murmullos del líquido al caer de los cangilones y huir saltando por un riachuelo para refrescar las huertas inmediatas.

Un hálito caliente llega de la otra orilla del río, del desierto amarillento, oculto ahora en las tinieblas. Son bocanadas del ardor acumulado en sus entrañas durante las horas solares.

Respiro con delicia el vaho húmedo que sale de las norias. Me imagino la tierra con las fuentes cegadas, los cauces de los ríos secos, las muchedumbres aullantes de sed. Recuerdo los desiertos atravesados hace unas horas, donde se puede viajar mucho tiempo en ferrocarril sin ver una persona ó un animal y los pequeños grupos humanos aglomeran sus viviendas junto al más insignificante riachuelo.

El murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el retintín del oro son las tres músicas más dulces, según los poetas árabes.

¡Ah, la divina y fresca canción del agua, primera melodía conocida por los hombres, bajo cuyo arrullo, favorecedor del ensueño, empezaron á pensar!...

XIV
LA CIUDAD DEL MAHDÍ

El despertar en el oasis.—Un harén en tranvía.—Campamento convertido en ciudad.—Los descendientes de los mahdistas.—El palacio de los Califas.—Las ametralladoras, el landó y el piano del heredero del Mahdí.—La tumba del «Dirigido por Dios».—Un fantasma alimentado con dátiles.—El mercado de Omdurmán.—Pierdo la pista del marfil.—Hacia la frontera egipcia á través del desierto.—Pirámides que se transforman en montañas y lagos que no existen.—Las olas de arena.—Cómo desapareció una compañía de soldados egipcios.—Estaciones sin nombre.—Los viajes de las gacelas para beber.—Llegada al Nilo.—Un hotel blanco de tres pisos.—Dulzuras de la atmósfera húmeda.—El hotel se despega de la orilla.

Apenas se difunden las claridades del amanecer, me veo obligado á saltar del lecho.