Mi habitación está en el piso bajo del hotel y sus ventanas dan á un jardín de frondosidad tropical. Palmeras, eucaliptos y sicomoros, como tienen sus raíces al nivel de los rezumamientos del Nilo, son enormes. Los pájaros se amontonan y reproducen en este oasis, sin aventurar sus vuelos sobre el mar de arena que lo rodea, y cada árbol parece temblar, envuelto en un estremecimiento de aleteos y cánticos. Puede decirse que hay en ellos tantos pájaros como hojas. Nunca he oído un concierto animal tan regocijado y tan hostil para el sueño. En el hotel de Kartum, son pocos los que pueden dormir después de la aurora.
Antes de que salga el sol llegamos en un carruaje de caballos al sitio donde se inicia la confluencia de los dos Nilos, para tomar el primer vapor que vaya á Omdurmán. Se ve con claridad el encuentro de las dos corrientes. En el momento de la crecida anual, las aguas del Nilo Azul son las rojas, las cargadas de limo, pues las lluvias de la meseta abisinia arrastran la tierra volcánica de sus laderas. En cambio, las del Nilo Blanco se muestran verdes en los primeros días de la inundación, por acarrear grandes masas de vegetación acuática.
Ahora el Nilo tiene un nivel muy bajo. Han quedado al descubierto bancos de arena é islotes de piedra que permanecen invisibles una gran parte del año. La época presente es la seca, y sólo en Junio se iniciará el aumento de nivel que anuncia la nutridora inundación. Las aguas del Nilo Azul son en este momento azules y claras, mientras las del Nilo Blanco ruedan hasta aquí rojas y fangosas, marcándose con una raya larguísima el lugar donde chocan y se confunden los dos aportes líquidos de distinto color.
Mientras llega nuestro buque examino la marina de cabotaje de los dos Nilos, que sube por el Azul hasta los primeros contrafuertes del macizo abisinio y por el Blanco navega hasta el corazón del África ecuatorial, á través de estepas y selvas, comerciando con tribus que aún se hallan en los primeros titubeos de la civilización.
Estos barcos son idénticos á los que figuran en las pinturas sepulcrales de Egipto. Recuerdan las flotas faraónicas que hace cuatro mil años exploraban las orillas hostiles de la Nubia y la Etiopía ó los puertos del País de los Aromas. Su casco largo y de poca altura hace pensar en el caparazón del cocodrilo nadando á flor de agua. Lo más extraordinario es su timón, tan prolongado que equivale á una cuarta parte de la nave y de una altura doble que la del casco. Su barra queda al nivel del piloto, que va de pie en la popa, y éste la apoya en un hombro para imprimirle movimiento. El mástil único está sujetado por ocho cuerdas en cada banda, y su verga, con la vela recogida, no descansa sobre la embarcación; permanece izada en las horas de calma al final del palo.
Como Kartum se extiende á lo largo del río, un tranvía de vapor circula por el muelle más importante, desde la estación del ferrocarril, por donde vinimos ayer, hasta el embarcadero para Omdurmán. Llegan casi al mismo tiempo el vapor procedente de dicha ciudad y el tranvía con locomotora que partió del otro extremo de Kartum.
Desembarcan los primeros viajeros que recibe hoy la capital del Sudán, procedentes de la ciudad fundada por el Mahdí. Son personajes árabes que pasan junto á nosotros sin mirarnos, derviches y escribas que protestan con su afectada indiferencia de la dominación británica, y muchos trabajadores negros. Luego vemos cómo toman asiento en los vagones abiertos del tranvía varias damas árabes procedentes del harén de algún vecino rico de Omdurmán, para visitar á sus parientas ó amigas en otros harenes de Kartum.
Parecen gozar de cierta importancia social y no van con el rostro descubierto, como las mahometanas pobres vistas por nosotros en las estaciones del ferrocarril. Visten á la moda egipcia, tapadas de cabeza á pies por una especie de dominó de raso negro. Además llevan otra pieza de seda colgando desde la mitad de su nariz hasta sus rodillas, á modo de máscara. Sólo quedan visibles los ojos, y como todas los tienen pintados con una aureola azul y agrandados por rayas negras, resultan hermosas é interesantes. Algunas ostentan un canuto de oro cincelado puesto verticalmente entre los dos ojos, desde el filo de la capacha que cubre su cabeza al borde de la especie de delantal que tapa su rostro, y esta separación metálica aumenta el interés exótico de sus miradas.
Aprovechando que los buenos musulmanes han emprendido á pie su marcha hacia Kartum, estas máscaras negras miran á cristianas y cristianos con un atrevimiento de colegialas en libertad, comentando en voz baja las modas occidentales. Nosotros las miramos igualmente, y al poco rato de examinar sus ojos misteriosos vamos encontrando en ellos, á través de pinturas y agrandamientos, una fijeza bovina, una enormidad sin expresión, algo bestial.
Entramos en el vaporcito. Varios soldados indígenas nos siguen con sus caballos. Presiento que esta media docena de jinetes va á Omdurmán con motivo de nuestro viaje. La ciudad del Mahdí vive ahora resignada á la dominación británica, pero una gran parte de sus vecinos, todos los de edad madura, fueron mahdistas, hicieron la guerra dirigidos por los derviches, y puede resucitar su antiguo fanatismo al ver en las calles un grupo extraordinario de infieles.