Ya he dicho que Omdurmán nació durante el sitio de Kartum. Era un fortín en la orilla izquierda del Nilo Blanco, dominando el curso del Nilo Azul que desemboca frente á él y la continuación de las dos corrientes, ó sea el Nilo único.

Este fortín se hallaba al lado de la miserable aldea de Omdurmán, nombre que significa «Madre de Durmán».

Como el sitio se prolongó un año, fueron llegando refuerzos de media África, y las hordas negras tuvieron que levantar numerosas chozas y casitas de adobes, convirtiéndose el campamento en una ciudad desordenada que ocupa enorme espacio. Al triunfar el Mahdí, arrasó los principales edificios de Kartum para construir los de su nueva capital.

Cuando murió, cinco meses después, su heredero Abdullah tuvo la ambición de convertir el antiguo campamento en metrópoli digna de su Imperio religioso, edificando un caserón extenso y bajo para alcázar de los califas, una mezquita principal, cuyas obras dirigieron alarifes musulmanes venidos de fuera, y la tumba del Mahdí.

La navegación es corta y á los quince minutos descendemos en una ribera arenosa. Como el Nilo cambia de nivel en este punto hasta diez metros, dicha orilla resulta muy escarpada; pero la ciudad negra ha hecho sus progresos, y vemos con asombro un tranvía inmediato al desembarcadero. Consiste simplemente en unos vagones-jardineras destartalados, con ruido de ferretería vieja apenas se ponen en movimiento, y de los que tiran varias mulas guiadas por negros.

Este tranvía sube en zigzag la ribera, atraviesa varias calles de casas hechas de barro y se detiene en una plaza, cerca de la mezquita principal. La ciudad del Mahdí es una reproducción de la misma calle, hasta el infinito. Todas las construcciones resultan iguales: paredes de adobes, con techos de troncos de palmera. Dichas casas se alinean en el centro de la ciudad y al alejarse no guardan formación alguna. Abandonan la fila, se esparcen como guerreros indisciplinados, colocándose cada una á su capricho. En las calles con aceras son éstas de tierra apisonada, sostenidas por tablas, y quedan á veces á gran altura sobre el centro de la vía, desmenuzándose por abajo de su tablazón. Las lluvias y el paso de las caravanas han ahondado las calles, convirtiéndolas en barrancos, de los que surgen columnas de polvo rojo al menor soplo de viento.

Lo más interesante en Omdurmán son los habitantes. Su diversidad de aspectos y razas hace recordar á las tropas heterogéneas del Mahdí. Todos tienen un aire belicoso; son antiguos combatientes ó hijos de combatientes. Las cicatrices que ostentan en el rostro ó en los brazos aumentan su expresión guerrera.

Hay muchos beduínos de origen árabe, que tienen una tez pálida, barbillas negras, y usan luengos trajes musulmanes á pesar del calor; pero los más son negros y van medio desnudos. Unos proceden del África ecuatorial. Vinieron atraídos por el prestigio del profeta sudanés para batirse contra los incrédulos. También, mientras duró el califato del sucesor del Mahdí, fué Omdurmán un lugar de peregrinaciones, y las muchedumbres pasajeras dejaron como sedimento religioso muchos devotos junto á la tumba del santo derviche.

Además abundan los nubios, hijos de los guerreros preferidos del profeta, hermosos negros de cuerpo atlético, con la melena recortada sobre los hombros y fija en las sienes por una trenza de fibras, tocado semejante al de los egipcios milenarios en las pinturas sepulcrales. Son los famosos baggaras (en nubio, «boyeros»), descendientes de los pastores nómadas del Sudán que formaron la caballería del ejército mahdista. Estos jinetes, con escudo redondo de cuero de hipopótamo y lanza de ancho hierro, no montaban caballos. Iban sobre camellos más ágiles é inteligentes que los de las caravanas, y sus cargas resultaron decisivas en la primera guerra del Mahdí contra las tropas anglo-egipcias.

Existen también en Omdurmán sirios, armenios y griegos. Unos llegaron atraídos por el comercio africano que afluye á dicha población. Otros tal vez son hijos de los habitantes del Kartum de Gordon, encarcelados en Omdurmán, los cuales sólo recobraron su libertad catorce años después, cuando ya se habían acostumbrado al lugar de su esclavitud.