Intento detenerme ante una puerta de la gran mezquita. Es el momento de la oración matinal. Veo su interior con escuetos arcos enjalbegados y una multitud vestida de rojo, de azul, de amarillo oro. Entre los turbantes blancos se destacan otros de honorable verde, el color de los tantos personajes que hicieron su viaje á la Meca. Aquí abundan mucho, por ser dicha peregrinación relativamente fácil, pues basta con pasar á la orilla opuesta del mar Rojo. Mi guía se alarma y me tira de un brazo antes de que vuelvan su cabeza algunos de los devotos que permanecen erguidos, de espaldas á nosotros. Luego me explica que Omdurmán no es Constantinopla, El Cairo ó Argel, donde los europeos pueden entrar en las mezquitas. La fe musulmana continúa siendo agresiva en la ciudad del Mahdí y no admite contactos con los enemigos. Estos fieles guardan un alma semejante á la de los primeros guerreros de Mahoma.

Vamos á visitar los dos únicos «monumentos» de esta capital de cabañas: el palacio del Califa y la tumba del profeta.

El tal palacio consiste en una sucesión de casitas de un solo piso, con las paredes revestidas de cal. Los salones del monarca sudanés y sus baños á la turca son piezas enormes y destartaladas, sin otro detalle arquitectónico que el arco de herradura en que terminan puertas y ventanas, dando todas ellas sobre patios semejantes á corrales.

En una de las salas vemos montones de hierro viejo y de madera, ametralladoras y fusiles comprados hace treinta años en Europa, cuando ya eran restos de armamento, bueno solamente para moros y negros. En otra habitación están los recuerdos del Califa que pueden llamarse «civilizados».

Una vez tomada Kartum, los vencedores—según relato de los prisioneros europeos—se entregaron á las más bárbaras orgías en Omdurmán, para celebrar su triunfo. El sucesor del profeta fué recibiendo en el curso de catorce años las visitas de audaces viajantes de comercio y aventureros de Europa, encargándoles compras para la civilización de su metrópoli y comodidad de su palacio.

Como recuerdo de tal época encontramos en un corral las ruedas y parte de la caja de un landó fabricado en París. El carruaje de gala del Califa se va desmenuzando al aire libre. En otro lugar vemos un piano con sus maderas rotas y cuyas entrañas contienen montoncitos de arena depositados por el viento. Cuando llegan visitantes, uno de los guardianes sudaneses encargados de vigilar estas ruinas toca á capricho las teclas con sus dedazos y sonríe, mostrando el marfil feroz de sus dientes. Una musiquita débil, temblorosa, sale del fondo del instrumento despanzurrado, y por breves momentos da cierto ambiente melancólico á esta mansión de monarca derviche obedecido por hordas de fanáticos. Algunos metros más allá del bárbaro alcázar existe todavía la cárcel donde vivieron en una esclavitud de bestias las familias europeas capturadas en Kartum.

Llegamos á la tumba del Mahdí, la construcción más alta de Omdurmán. Esta mezquita cuadrada tuvo una cúpula blanca de veinte metros, lo que la hizo descollar sobre una ciudad de chozas como edificio maravilloso, viéndosela á enorme distancia.

El califato madhista pereció en la derrota que lord Kitchener, sirdar del ejército anglo-egipcio, hizo sufrir á los derviches junto á Omdurmán en Septiembre de 1898. Los vencedores, temiendo el fanatismo de los mahdistas, se preocuparon ante todo de suprimir la veneración religiosa del profeta muerto. La tumba del Mahdí fué demolida en gran parte á cañonazos y su cadáver arrojado al Nilo, para que no recibiese más adoraciones.

Aún existe el mausoleo, pero en ruinas. La bóveda, por ser la parte más frágil, se derrumbó casi enteramente. El edificio ha sido rellenado con tierra, y ahora se escapan por los arcos de sus ventanas cegadas las verdes cabelleras de una vegetación parásita. En el momento de nuestra visita se hallan cubiertas de flores, lo mismo que la hierba del abandonado jardín.

Un sudanés al servicio de los ingleses nos abre la verja de hierro que rodea la capilla. Esta verja es igualmente del tiempo del califato, y la colocó un arquitecto árabe venido de fuera para dirigir la construcción del sepulcro. Al avanzar hacia el macizo de tierra que fué un panteón, notamos esparcidos en el suelo gran cantidad de dátiles. Algunos de ellos aún se mantienen frescos, y resulta incomprensible cómo las gentes del país pueden malgastar un fruto tan apreciado, arrojándolo por encima de la verja.