Me explica el guía que para muchos vecinos de Omdurmán el Mahdí no ha muerto. Siempre es «el Dirigido por Dios», y permanece oculto hasta que llegue la hora de su segunda aparición, decisiva y victoriosa. Como su espíritu vaga errante en torno á la antigua sepultura, los devotos le arrojan dátiles, el manjar más caro y rico del país, para que se mantenga vigoroso en su destierro de ultratumba.
Mientras escucho tales explicaciones, algo cae junto á nosotros. Dos dátiles han cortado el aire, pasando sobre la verja. Volvemos los ojos á tiempo para ver cómo huye un muchacho y desaparece en una callejuela inmediata. Guardo como recuerdo este par de dátiles destinados á la alimentación del fantasma del «Dirigido». No sé lo que ocurrirá en lo futuro. Tal vez los ingleses acaben por borrar la influencia del Mahdí, pero en el momento presente, los nietos de sus guerreros se privan de comer golosinas para arrojárselas á su sombra.
Atravesamos el zoco de Omdurmán, vasta plaza entre cuatro filas de tiendas instaladas en casitas de adobes. El centro del mercado lo ocupan toldajes de cuero ó de tela haraposa, á cuya sombra se acogen los vendedores sin domicilio.
Tiene gran importancia la ciudad del Mahdí para el comercio de los sudaneses. Equivale á un puerto seco abierto continuamente á las flotas de las caravanas. La influencia religiosa de su fundador, la fama de sus victorias, abrieron en los desiertos nuevos rumbos que siguen confluyendo á Omdurmán. Aquí se encuentran mercaderes de las costas del mar Rojo, del África ecuatorial, de los oasis del Sahara y del desierto Líbico. Es el centro de una estrella mahometana de numerosas puntas.
En este zoco se ofrecen diversos productos del suelo africano y otras especies de tierras remotas, todo revuelto, como es costumbre en los mercados orientales: sedas, vasijas de cobre repujado á martillo, drogas, perfumes, salitre, sal sosa, betel, opio, estatuitas talladas por negros representando divinidades grotescas, escudos de piel de hipopótamo, venablos y lanzas, puñales pendientes de un brazalete para llevarlos en la muñeca izquierda, á estilo del país, espadas cortas, más anchas en su punta que en la empuñadura, con vaina de cuero rojo, cajones pintarrajeados, ornamentos bárbaros, quesos de cabra y de camella, cascos de cuero endurecido, con un enrejado de metal que defiende el rostro. Las vendedoras se envuelven en mantos rojos ó azules, pero conservan descubierta la cara negra, mofletuda, de nariz achatada, con grietas profundas por el curtimiento de la tez. Venden el pan en piezas redondas y obscuras de gran peso; guisan al aire libre para las gentes que acudieron al mercado, dejando sus camellos y borricos en las calles próximas.
Dentro de las tiendas permanentes, instaladas en las casas, se encuentran los tipos de todo mercado oriental: judíos iguales á los de los puertos de Levante, griegos, armenios, indostánicos. Pero todos ellos, á pesar de la importancia de sus establecimientos, parecen perdidos en esta concurrencia enorme de negros y árabes.
Compro un escudo de cuero de hipopótamo, manojos de dardos, varias dagas y espadas sudanesas, pero en vano busco las fábricas de objetos de marfil y las montañas de colmillos de elefante que me prometieron en Kartum. Un griego, dueño de una de las tiendas más ricas, me muestra cuatro colmillos de elefante joven, defensas pequeñas que trajo una caravana desde el interior del Sudán. Dicha compra la ha hecho para enviarla á uno de sus corresponsales en Egipto. El comercio del marfil era abundante en otro tiempo, cuando se cazaban todos los años miles de elefantes. Ahora escasean éstos cada vez más.
Pregunto por los talleres de marfil en Omdurmán, y el mercader parece no comprenderme. Aquí no hay otra industria que algunos tallercitos de herrería, donde se fabrican espadas y lanzas sudanesas para ofrecerlas á los viajeros. Me convenzo de que he perdido definitivamente la pista del marfil y deberé renunciar á las fábricas que vengo buscando desde Port Sudán.
Al día siguiente salimos de Kartum para Wady-Halfa, donde termina el Sudán gobernado por los ingleses y empieza el Egipto independiente.
La primera parte de dicho viaje no es más que una repetición del que realizamos hace tres días. Vemos otra vez las ruinas de Meroe, y en Berber deja el tren á su derecha la línea á Port Sudán, continuando su marcha hacia el Norte, en dirección á Egipto.