Costeamos el Nilo mucho tiempo, pero en la quinta catarata nos separamos de él. Se aleja el río hacia el Oeste, trazando una curva enorme, que obligó siempre á las caravanas á correr los peligros de un viaje por el desierto de Nubia, desde Abuamed á Wady-Halfa.

El paisaje conocido en nuestra travesía de Port Sudán á Kartum nos parece ahora un jardín, comparado con el que vemos, después de haber pasado la noche en el vagón.

Estamos en el desierto, en el verdadero desierto, arenal amarillento, monótono, sin la más leve vegetación, sin vestigio alguno de madera leñosa, sin otras alteraciones que las numerosas colinas amontonadas á capricho del viento, las cuales volverán á cambiar de sitio al primer huracán. Luego la línea del desierto se va haciendo sinuosa, y vemos montañas completamente peladas, de color rosa obscuro, agudas y regulares como pirámides.

Dichas montañas, que parecen absorber la luz sin devolverla, nos entretienen y desorientan al mismo tiempo con los caprichos del miraje. Al pie de todas ellas hay un lago, en cuyas aguas inmóviles y cristalinas se refleja la cumbre invertida.

Hemos oído hablar del espejismo del desierto, sabemos hasta dónde puede llegar el engaño de tal ilusión óptica, mas estas lagunas son tan claras que consiguen hacernos creer en su existencia, reconociéndolas como algo excepcional. Deben ser depósitos de agua espesa y salobre; pero indudablemente existen, sería temerario dudar de su realidad. Sólo cuando el ferrocarril se aproxima á las mencionadas montañas vemos cómo el lago va desapareciendo, cual si la arena absorbiese sus aguas, cómo el desierto invade con su ola amarilla y seca la fantástica cavidad líquida... Poco después, cuando reímos del engaño, surgen ante nuestros ojos nuevas montañas y nuevas lagunas, que nos hacen dudar otra vez y repiten la misma ilusión mentirosa.

Muchas estaciones no tienen nombre. Ostentan simplemente un número. Se componen de una casita única de ladrillo, en torno á la cual parecen agazapadas las chozas de los empleados subalternos, cuatro ó cinco. Más allá, la arena, el desierto. Para la media docena de hombres blancos, cobrizos ó negros instalados aquí, lo más precioso es el enorme receptáculo de metal semejante á un gasómetro que guarda la provisión de agua traída en vagones especiales. Este tesoro líquido sirve para el consumo del grupo de solitarios y alimento de las locomotoras.

En algunas de las estaciones las chozas se muestran caídas, y los pedazos de muro que aún se mantienen derechos parecen cortados por un cuchillo enorme. Es la obra del viento del desierto que sopló hace pocas semanas.

Los criados de los coches-dormitorios son unos buenos mozos, cuya estatura se aproxima á dos metros, y aún parecen más grandes á causa de su túnica blanca hasta los pies, con faja roja, y un tarbuch de igual color, muy erguido y alto, á la moda egipcia. El destinado á mi compartimento me cuenta las leyendas del desierto de Nubia que oyó siendo pequeño.

Cuando el Sudán pertenecía á Egipto, una compañía de soldados que iba á Kartum (tal vez en tiempo de Mohamed-Alí) tuvo que desembarcar en Wady-Halfa para hacer la travesía de este mar de arena, siguiendo la pista de los camelleros hasta Abuamed. De este modo evitaban el larguísimo rodeo por la ribera del Nilo entre la segunda catarata y la quinta. Sopló el viento del desierto, que alza olas más grandes que las del Océano, y la tropa desapareció instantáneamente. Nadie la ha visto más: se la tragó la arena.

Tal vez se han creado aquí muchas leyendas falsas, como ocurre en todos los lugares peligrosos del planeta, especialmente á orillas del mar. Pero las exageraciones de la tradición tienen siempre una verdad por base. A pesar de las comodidades del tren, de las bebidas frígidas que sirven sus criados, del vagón-comedor, cuyas mesas elegantes son preparadas tres veces al día, toda persona con un poco de imaginación siente cierta angustia en su pecho cada vez que mira por las ventanillas.