Con frecuencia vemos esqueletos de camellos, blanqueados como marfil por el fuego solar y el pulimento de la arena. Desde que la vía férrea atraviesa el desierto, las caravanas siguen su trazado, pues de este modo se ahorran el trabajo de orientarse.

Algunos montoncitos de boñiga seca indican el tránsito reciente de una caravana. El sol tuesta con rapidez este excremento, que sirve á los camelleros de combustible cuando hacen alto, al cerrar la noche. En otros lugares vemos junto á la vía unas cuantas piedras amontonadas. Las trajeron de muy lejos los arrieros del desierto para señalar la fosa de un camarada desaparecido para siempre en la arena.

Aquí se aprecia en todo su valor la importancia del agua. Se reconoce, sin necesidad de imágenes, que la vida únicamente es tolerable y dulce bajo la caricia de la humedad en las riberas del mar ó á orillas de ríos y lagos.

Admiro en las estaciones sin nombre á los funcionarios egipcios ó sudaneses del ferrocarril. Los de origen europeo llevan casco blanco para defenderse del calor, gafas azuladas, camisas sin mangas, pantalones cortos, de bañista. Los del país, orgullosos de su traje europeo, que parece colocarlos en una casta superior, no se despojan nunca de la corbata, del cuello de la camisa, del chaleco y del tarbuch ó fez rojo, de duro fieltro, muy alto y angosto, que es el característico de los egipcios. No se comprende en esta llanura de horno cómo los empleados humildes conservan en la cabeza el turbante ó el mencionado gorro, que debe tirar de sus cráneos como una ventosa. Además, desconocen el uso de anteojos ahumados y tampoco necesitan la sombra de una visera. Miran de frente la llamarada cegadora del sol y reciben en sus pupilas los latigazos cortantes de un viento arenoso. Así se explica que Egipto sea el país de las oftalmías y las muchedumbres de los países orientales abunden en ciegos purulentos, con las cuencas rojas y huecas.

Empieza el atardecer del segundo día de viaje. Nos aproximamos á su término. Nuestra llegada á Wady-Halfa será poco después de haber cerrado la noche.

Surge otra cadena de montañas, cinco ó seis de las cuales son de líneas tan perfectamente geométricas, que parecen obra del hombre. Las creemos algún tiempo pirámides perdidas en el desierto, de las que nadie habla. Tal vez estas obras caprichosas de la Naturaleza obsesionaron á las tribus emigrantes en su descenso hacia el Nilo Bajo, repitiéndolas por tradición junto al delta para tumbas de los faraones.

Tiene la llanura amarillenta color de camello, y las montañas, cada vez más ensombrecidas, recuerdan el color del elefante.

Vemos correr numerosas gacelas que van cortando el desierto de Este á Oeste y forman ángulo con la marcha de nuestro tren. Es imposible describir la velocidad de una gacela asustada. Se la ve, y al mismo tiempo no puede decirse cómo es.

Una de ellas se aproxima trotando suavemente; pero alarmada por el tren, salta la vía con vuelo de acróbata, trazando un arco ante la locomotora. Luego corre por el lado opuesto como un bulto indeciso, mezcla de blanco y de oro, acompañada de una nubecilla roja que surge incesantemente bajo sus patas finas é incansables. Bastan unos segundos para que sea un punto obscuro en el horizonte. Otros segundos después ya ha desaparecido.

Este animal, que se alimenta con la vegetación leñosa de montes lejanos, desciende al Nilo para beber, realizando un viaje de muchos kilómetros, y cuando apaga su sed vuelve al punto de partida. La asombrosa ligereza de sus patas le permite tal lujo de velocidad.