Cierra la noche. Llega hasta el tren una caricia húmeda y fresca. Después de la jornada ardorosa nos parecen empapadas las tinieblas por una lluvia invisible. Todos creemos oler el Nilo; lo adivinamos en la sombra.
Nos detenemos en una estación más grande que las otras, con nombre propio, sin un simple número por título. Es Wady-Halfa.
Seguimos unas pasarelas con barandilla para bajar el rudo declive de la ribera nilótica. Los enormes cambios de nivel que sufre el río obligan á estos descensos en la estación seca. Unos jóvenes con alto gorro rojo, chaleco de seda listada y chaqué europeo nos preguntan si llevamos algo que pueda defraudar los aranceles de la monarquía egipcia, contentándose con una simple negativa. Son los aduaneros del antiguo kedive, ahora rey independiente de Egipto.
Pasamos sobre varias tablas horizontales á un edificio de tres pisos, todo blanco, con largos balconajes y deslumbradora abundancia de luces eléctricas. Es un hotel que tiene una chimenea en su centro. Además, los criados que salen á recoger nuestras maletas llevan uniforme de marinero, rematado por el inevitable gorro egipcio. Este hotel, en el que vamos á vivir dos días, flota, y pasados unos minutos se despegará de la ribera.
A pesar de su movilidad, resultaría impropio compararlo con un buque. Su casco se levanta muy poco sobre el agua. Es simplemente la base de tres pisos de viviendas construídos encima de su plataforma. En el más bajo de ellos se puede tocar el agua sólo con inclinarse sobre la borda.
Dentro de sus habitaciones hay que concentrar la atención para saber con certeza si avanza ó permanece inmóvil. Únicamente el ruido de la gran rueda adosada á su popa, funcionando igual que la de un molino, puede denunciar su marcha. Sobre este río de aguas mansas, los vapores-hoteles permiten á sus huéspedes vivir y dormir sin el más leve balanceo.
Me instalo en el comedor, vasto salón blanco, donde encontramos camareros egipcios, iguales á los del tren. Una agradable humedad penetra por las ventanas. El buque se pone en movimiento lentamente, y empieza el servicio de la comida.
Creemos haber caído en otro mundo, un paraíso de divina frescura. Nos acordamos de las interminables horas en vagones lujosos pero de rudo movimiento, teniendo que luchar con la arena que, á pesar de las precauciones empleadas en la construcción de dichos vehículos, ennegrece los platos del restorán, las sábanas de las camas, el agua de los lavabos, obstruye narices y garganta, hiere los ojos, haciéndolos lagrimear, y en mitad de la noche despierta al durmiente con angustias de pesadilla, cortando su respiración.
Prolongamos nuestra sobremesa en este comedor, que parece de porcelana por su blancura, y á través de cuyos respiraderos se desliza una brisa cargada de perfumes vegetales, aliento de las verdes é invisibles orillas nilóticas. Navegamos con voluntaria lentitud. El buque sólo va á realizar un viaje de dos ó tres horas, y anclará á media noche para no turbar el sueño de sus pasajeros.
Han salido á nuestro encuentro varios platos y bebidas de Europa. Algunos domésticos se expresan en italiano y en francés. Todo nos impulsa á seguir aquí para desquitarnos del viaje al través del desierto; pero nos recomiendan la conveniencia de irnos pronto á la cama.