Debemos levantarnos en plena noche, antes que apunte el alba, si queremos presenciar el más hermoso espectáculo que puede verse en el verdadero Nilo Alto, mucho más arriba de Assuan y el lago de Filaé, que es adonde llegan únicamente la mayor parte de los viajeros procedentes de Europa.

XV
LOS COLOSOS DE ABU-SIMBEL

El despertar antes del alba.—La muralla de ébano.—Vemos el primer templo egipcio á la luz de una linterna.—Amanecer en el Nilo.—Los cuatro gigantes rojos surgen de la sombra.—El flechazo del sol naciente en las entrañas del templo.—Los cuatro dioses del santuario crepuscular.—Mentiras y fanfarronadas de Ramsés II, llamado el Gran Sesostris por los griegos.—La Historia, estafada por dicho monarca.—Aparición del «bacshis».—Un monstruo legendario que traga monedas de plata.—Navegación Nilo abajo.—Campos donde cazaban á los esclavos nubios.—Las «fellahinas».—Efectos del gran embalsamiento de Filaé.—Mirajes del Nilo.—La hora de cristal.—Cae la noche.

Es todavía de noche cuando los criados del buque empiezan á golpear las puertas de los camarotes dando gritos para que despertemos. Unos sorbos de café y unos pedazos de pan del día anterior nos sirven de desayuno. Luego pasamos sobre dos tablas tendidas entre la orilla y la cubierta más baja.

Tenemos enfrente un muro lóbrego, de un negro denso y pesado, semejante al del ébano. Por encima de esta muralla, que es la ribera occidental del Nilo, vemos un pedazo de cielo sereno, en el que resbala una media luna sutil próxima á ocultarse. Las últimas claridades de esta noche tranquila se detienen en el filo de la meseta negra, sin atreverse á descender hasta las aguas ribereñas. Al otro lado del buque, en el centro del Nilo, la superficie acuática cabrillea reflejando la luna moribunda y los puntos temblones de los astros.

Los marineros del buque nos llevan de la mano por un sendero arenoso cuesta arriba. Ladran perros invisibles en míseras huertecitas que vamos entreviendo junto á nuestro camino. Según avanzamos, el obstáculo negro proyecta una obscuridad más densa sobre lo que nos rodea.

A la cabeza de nuestra columna, varios marineros han encendido faroles. Se mezclan con nosotros algunos indígenas embozados en sus astrosos alquiceles y estremecidos por el frío del amanecer. Lo que nos parece un fresco agradable, compensador de las angustias sofocantes sufridas en el desierto, es para estos nubios un frío que les hace temblar.

De pronto las luces de nuestros guías cesan de subir y se esparcen horizontalmente. Hemos llegado á una meseta cortada por el obstáculo. Ya no hay más allá. Estamos al pie de la muralla negra. Las luces se multiplican. Todos los marineros que nos acompañan encienden linternas, y siguiendo cada uno de nosotros su llamita preferida, va aproximándose á una boca de cueva que tiene forma rectangular.

Vista de cerca ofrece la sorpresa de un umbral precedido de varios peldaños y un dintel en el que se columbran figuras talladas. Presiento que á ambos lados de esta puerta subterránea existe algo colosal, sorprendente. La roca parece tener formas humanas, monstruosas, nunca vistas. Pero la densa tiniebla continúa guardando su secreto, y debemos seguir adelante, guiados por las luces.

Hemos entrado en una caverna de piedra tallada. Los pilares que sostienen la bóveda tienen en sus bases pies humanos de gigantescas dimensiones. Mi marinero de tarbuch rojo y cuello azul con anclas estira un brazo todo lo que puede y la luz de su farol va sacando de la lobreguez del techo una nariz, unos ojos sin pupilas, una mitra de faraón, un rostro majestuoso é inexpresivo, rematado por la barba egipcia en forma de perilla. Cada pilastra es un coloso esculpido en la roca. Luego me doy cuenta de que todos representan á Ramsés II con la diadema y las galas del omnipotente Osiris. En los muros hay bajos relieves con escenas de guerra, triunfos del faraón ó inscripciones aduladoras para su gloria.