Estamos en un templo egipcio, el más lejano de todos los construídos á orillas del Nilo. Para los que vienen de Europa, es el último monumento de tal especie que pueden visitar; para nosotros que llegamos de Asia, el templo subterráneo de Abu-Simbel significa nuestro primer encuentro con el arte egipcio.

La luz rojiza va extrayendo de la obscuridad aglomerada en los santuarios laterales muchos relieves profundamente grabados en los muros, estatuas de diversas divinidades, todas con el rostro del mencionado faraón. Atravesamos las tres salas que se suceden en esta lobreguez y llegamos al santuario más profundo, viendo los cuatro dioses de piedra que lo ocupan, sentados, los pies descansando en el suelo, sin pedestal alguno, con un tamaño mayor que el natural. Estas cuatro divinidades fueron imágenes policromas y guardan cierta parte de los colores con que las adornaron hace tres mil años. Una tiene las piernas rojas, otra azules completamente; las dos restantes sólo conservan harapos vagamente dorados de su antigua vestimenta.

El templo no va más allá. Hemos conocido sus diversas naves fragmentariamente siguiendo las secciones de luz rojiza que trazan las linternas, como el que pasa un álbum de grabados hoja por hoja.

Vemos Egipto por primera vez, lo mismo que se ven las cosas en una pesadilla, á saltos, sin continuidad lógica. Pero esta visita es preliminar. Ahora lo más interesante se halla fuera, y nos apresuramos á salir del templo, dejándolo hundido otra vez en su atmósfera de tinieblas. Todas las luces se escapan por la puerta y se extinguen, considerándolas innecesarias, al llegar á la meseta exterior.

Conozco la historia del monumento. Una gran roca calcárea sumerge aquí su pared verticalmente en el Nilo cuando éste sube durante su crecida anual. Hace siglos tenía el río en este mismo lugar un rápido que dificultaba la navegación, obligando á los viajeros á suspender momentáneamente su marcha. Esto dió origen á varios santuarios, y Ramsés II, que sufrió un ansia continua de nuevas construcciones, labró el único de sus templos subterráneos aprovechando la existencia de la mencionada roca. Tan soberbia obra la consagró al Sol Naciente, y sus arquitectos se preocuparon de que la divinidad á quien estaba dedicada pudiese penetrar hasta su extremo más recóndito.

Nos sentamos en pedazos de piedra que tal vez son fragmentos de fachada caídos en la arena. Tenemos fijos los ojos en la muralla gigantesca, todavía negra, sobre cuyo lomo va ocultándose el segmento de la luna.

Lentamente, con gradaciones de luz cuyos cambios mortecinos no puede apreciar nuestra visualidad, se aclara el lóbrego obstáculo. Primeramente es gris; después, de un vago azul; á continuación este azul se convierte en rosa, color de aurora; y vemos surgir de la penumbra cuatro gigantes sentados, cuatro varones colosales, con los pies sobre un pedestal del tamaño de una casa y las cabezas en mitad del declive de una montaña de asperón rojo.

Una de las cuatro imágenes no tiene cabeza, sólo conserva parte del pecho y las piernas. Otras dos muestran profundas heridas en su torso, agujeros abiertos expresamente para derribarlas, por orden tal vez de algún faraón posterior á Ramsés, ganoso de que figurasen en sus templos.

Los soberanos de Egipto, siempre dispuestos á construir para perpetuar su nombre, se robaban unos á otros. Con Ramsés II el robo arquitectónico resultaba acción compensadora, pues ningún monarca egipcio abusó como él de sus antecesores, borrando el nombre de ellos en los monumentos que construyeron, para grabar el suyo, engañando á la posteridad.

El coloso sin cabeza no fué desfigurado por los hombres. Su enorme amputación es obra del viento, del calor que disgrega la roca, de alguna grieta que dejó entrar las lluvias, poco frecuentes pero torrenciales, en el interior de esta piedra con forma humana.