No obstante sus lacras, los cuatro gigantes rojizos ofrecen un conjunto majestuoso. En el Egipto clásico que vamos á ver días después, no queda nada, estatuariamente, que pueda compararse con los colosos de Abu-Simbel. Los dos célebres de Memnón resultan monstruos informes al lado de estos cuatro faraones con atributos divinos que guardan la entrada del primer templo anunciador de la gloria egipcia, para los que vienen del Sur.

Se agrupan entre las piernas de los colosos graciosas figuritas de princesas y pequeños príncipes en actitud de adorar al rey, hecho dios. Su pequeñez es relativa. Resultan insignificantes al pie de los cuatro Ramsés, no llegan á la mitad de sus pantorrillas, pero algunos beduínos y marineros trepan á los pedestales que sirven de taburetes á sus pies monstruosos, y esto nos permite ver que un hombre resulta diminuto al lado de las figuras que considerábamos pequeñísimas.

Apunta el día. El Nilo es de nácar bajo los fuegos lejanos de la aurora. Empiezan á enrojecerse los colosos, como si transparentasen una luz interior. Va á salir el sol, como surge siempre en los cielos tropicales, con una rapidez casi instantánea, sin nubes que velen su aparición, asomando primeramente una ceja de fuego, luego una cúpula, y redondeándose al final como una cereza gigantesca, para despegarse con rudo tirón de la línea pegajosa del horizonte.

Este momento es el famoso de Abu-Simbel. Va á realizarse el milagro de la luz, el flechazo de oro disparado por el sol naciente, y para presenciar tal espectáculo abandonamos el lecho en plena noche. Un coro inmenso de pájaros ocultos en la orilla verde del Nilo, ó que ascienden desde las huertecitas á la plaza de arena y piedras en que estamos, abre la gran sinfonía matinal. Ya ha salido el sol.

Los arquitectos egipcios construyeron el templo con rigurosa orientación, de modo que los primeros rayos horizontales del dios diurno penetrasen hasta lo más hondo de aquél. Ramsés quiso que su obra gigantesca fuese para una hora única, la primera de la mañana, cuando despierta la Naturaleza y surge Osiris, el astro deificado por los egipcios. Vemos cómo un rayo del sol recién nacido se arrastra por la escalinata roja lo mismo que un niño de paso vacilante, cómo se desliza por la portada, cómo invade á saltos las salas interiores. Se desvanecen las tinieblas en el sagrado subterráneo. La luz penetra ahora como una lanza disparada, haciendo huir delante de su punta de oro á la vencida noche.

Corremos hacia el interior del templo, pero alguien nos precede: nuestras propias sombras. Como tenemos el sol á la espalda, proyectamos unas manchas negras y larguísimas hasta el fondo del santuario. Cada uno es por algunos segundos tan enorme como las imágenes del interior que sirven de pilastras.

Agrupados en torno á los cuatro dioses policromos de la capilla final, presenciamos el milagro de todos los días. El templo entero se ha cubierto con esplendorosas colgaduras de oro. Repelen sus vestiduras de sombra los pilares colosos, las batallas y pompas reales grabadas en los muros, las imágenes con diademas puntiagudas de dioses. Y á través de las tres salas vemos—como podríamos verlo por el cañón de un telescopio—la gran puerta rectangular, más allá el río, que parece hervir seccionado por una faja vertical de fuego, encima la orilla opuesta, y unos barquitos egipcios, todo negro, como pintado con tinta china, y sobre el panorama nilótico un sol color de sangre fresca, que nos envía directamente su puñado de jabalinas luminosas, obligándonos á desviar los ojos.

Dura unos minutos este espectáculo mágico. Luego el sol asciende y va desapareciendo cortado por el filo pétreo del umbral de la puerta. Se oculta á la inversa de su aparición y de su ocaso. Pierde su casquete superior, luego no es más que una especie de caldero incandescente y al final una media luna roja. El templo que fué de oro durante unos minutos se torna azul. Como el astro solar se ha ocultado sobre su portada, ya no tendrá en todo el día otra luz que una penumbra de subterráneo, volviendo á esfumarse sus adornos arquitectónicos.

Todos los visitantes se marchan al desaparecer el globo del sol. A mí me interesa permanecer solo, completamente solo en este subterráneo milenario, abierto por hombres de los cuales no queda ni el polvo. Ahora, la gran puerta, única entrada de luz, encuadra hasta su mitad una sección del Nilo, color gris de estaño. Mis pasos suenan con nuevo eco en la profunda soledad. Avanzo con cierto temor religioso hasta el fondo del templo, obscura cueva donde permanecen los cuatro dioses, rojos y azules, con tocados diferentes, tiaras, cuernos y discos solares.

Puedo examinarlos de cerca y hasta tocarlos. Sus rostros de piedra están roídos de viruelas y tienen las narices achatadas. Como la luz llega hasta aquí igual que llegaría al fondo de un pozo, á través de los templos sucesivos, parecen animarse los cuatro dioses en la penumbra con una vida misteriosa.