Siento humildad y admiración al pensar que estos hombres de piedra han vivido tres mil años y seguirán viviendo tal vez más, mientras yo, hombre de carne y sangre, seré dentro de poco un paquete de materia putrefacta, luego un esqueleto blanco, después un puñado de cal que no bastará para pintar tres metros de pared, y finalmente nada. La evolución destructiva del cadáver puede durar cien ó doscientos años, y estos compañeros míos del momento llevan una existencia de treinta siglos en su cueva crepuscular.
Me consuelo de mi insignificancia examinando las victorias prodigiosas de Ramsés II grabadas en los muros. Veo al faraón en dichos relieves con estatura de gigante y á sus enemigos representados en forma tan diminuta que no alcanzan á sus rodillas. Todos ellos tienen los mismos rostros de los nubios y etíopes actuales. El rey vencedor los agarra de los pelos, formando racimos, y con un palo los golpea, mientras los que ya fueron vapuleados se prosternan medrosos á sus pies.
Son un motivo de regocijo para mí las hazañas de Ramsés II, comediante milenario, fanfarrón coronado, el primero de los reyes que logró engañar á la posteridad dando como hechos verdaderos las mentiras de sus aduladores y las jactancias de su ambición y su orgullo. Hasta hace pocos años fué llamado Ramsés el Grande, siendo además el glorioso Sesostris del que tanto hablaron los griegos. Los egiptólogos han descubierto después la verdad, mostrándolo como un farsante que engañó al mundo y á la Historia durante treinta siglos.
Al penetrar los griegos en Egipto vieron tantos monumentos á la gloria de Ramsés, tantos templos con su nombre, tantos relieves ensalzando sus conquistas, que acabaron por transmitir á las generaciones posteriores un Sesostris completamente falso.
Fué ciertamente un hombre ávido de acciones gloriosas, pero su orgullo y su fatuidad resultaban superiores á sus virtudes. Siendo príncipe heredero realizó una expedición Nilo arriba, como generalísimo de su padre, batiendo á las tribus nubias y etíopes con las ventajas de todo ejército que posee los medios agresivos de una civilización superior, y para eterna memoria de esta campaña colonial, elevó el templo en que ahora estamos. Llevó la guerra á Asia siendo ya faraón, ganoso de ensanchar las fronteras de su Imperio, y aunque no obtuvo éxitos duraderos, se dedicó á sí mismo tantos monumentos religiosos, tantos pilones conmemorativos, tantas estatuas colosales, que consiguió «engañar á la Historia», ó sea á los autores griegos, que lo describen de buena fe en sus relatos como el más grande de los reyes de Egipto. Su afán de notoriedad no admitía escrúpulos, y raspó el nombre de otros faraones en monumentos anteriores á su reinado para inscribir el suyo.
No hay relato heroicamente absurdo de los antiguos libros de caballería que pueda compararse con las hazañas que este monarca se atribuye en las inscripciones dictadas por él. En uno de sus combates afirma Ramsés II que, abandonado de sus guerreros, se vió envuelto por dos mil quinientos carros de guerra y varios millones de enemigos; pero él, completamente solo, gracias á la fuerza de su brazo, obligó á huir á muchos y mató á los demás.
Su historia verdadera es otra. Lo que hizo fué venir varios años á Nubia y Etiopía para capturar miles y miles de negros, llevándolos encadenados á trabajar en sus canteras. No obstante haber levantado tantos templos, su reinado marca una regresión en la ciencia y las artes egipcias. Además, el vanidoso Sesostris se hizo modelar en todas sus estatuas como «el más hermoso de los hombres», título inventado por sus cortesanos. Los cuatro dioses colosales de Abu-Simbel tienen, efectivamente, un rostro tranquilo y correcto, con la belleza hierática que los escultores egipcios de la decadencia daban á sus dioses. Mas por una singular ironía de la suerte, la momia de este falsificador de la gloria ha sido conservada hasta nuestros días. La guardan en el museo del Cairo y podremos verla antes de dos semanas. Todo el que ha hojeado historias de Egipto conoce la fisonomía de este Sesostris exhumado de la tumba, su rostro de momia «poco inteligente», conservando una expresión de brutalidad, de orgullo terco, de insolencia de rey.
En la plaza arenisca dominada por los cuatro colosos se agrupan algunos beduínos sedentarios, que cultivan las huertecitas cercanas mientras las aguas están bajas. Los más jóvenes se aproximan para repetir una palabra que oiremos continuamente durante nuestra permanencia en Egipto. Con una mano sostienen su garrote de madera blanca en forma de porra, y tienden la otra diciendo: «Bacshis, bacshis». Esta demanda de propina, pues en realidad el oriental no pide limosna—aunque bacshis significa en árabe «limosna»—, nos sale al encuentro ante este primer templo egipcio y no nos abandonará hasta nuestro embarque en Alejandría.
Un grupo de muchachos, más hábiles y graciosos que los grandes, procura sacarnos el dinero con espectáculos de su invención. Uno de ellos, de ocho ó diez años de edad, se pone en cuatro patas y sus compañeros empiezan á echarle arena sobre el lomo con ambas manos. A los pocos minutos está enterrado y sólo conserva al aire su cabeza. Luego colocan en su dorso arenisco muchas ramas leñosas, verticalmente. Se adivina por la gravedad con que realizan su obra que ésta obedece á un modelo fijo, á algo que oyeron, y que tal vez perturba con medrosas pesadillas sus sueños infantiles. Están formando un monstruo, un animal quimérico engendrado por las leyendas del desierto, tal vez simplemente un cocodrilo centenario de los que existían antes en este gran curso fluvial y la navegación á vapor ha ido repeliendo más allá de las cataratas y la confluencia, de donde venimos nosotros.
El muchacho enterrado ayuda á esta evocación grotescamente pavorosa. Convencido de su papel, mueve la cabeza con gestos amenazantes y ruge. Algunas damas ríen y dan monedas de plata á los chicuelos que han asumido la dirección del espectáculo. Noto las miradas de desesperación que lanza el pobre monstruo. Revelan la certeza de no ver jamás ni una sola de dichas monedas. Pero al mismo tiempo se siente prisionero de la montaña de arena, no puede librarse sin el auxilio de los amigos de su envoltura pesadísima, y si protesta nosotros no entenderemos su lenguaje.