Me acerco á él como si fuese á darle la comunión, é introduzco una piastra egipcia en su boca. Rugido de entusiasmo. Otros viajeros deslizan más piastras entre sus labios tostados, y el pequeño monstruo, con la boca llena de plata, hace esfuerzos para no tragarse una de las monedas y signe moviendo su cabeza de hidra del desierto, entre gritos y bufidos.

El sol está ya muy alto y la arena empieza á reverberar un calor que punza la epidermis cáusticamente. Volvemos á nuestro buque, ansiando la fresca brisa que levanta al deslizarse por el río. Bajo el ardor solar adquiere el suelo un brillo metálico. A un lado del templo de Abu-Simbel, la pared de roca desaparece bajo un derrumbamiento de arena. Fué arrastrada por el huracán desde la meseta que sirve de techo al monumento, y quedó así, como cascada inmóvil. Un muro de dos metros de espesor, pero de simples adobes, se levanta ante la arena para contenerla, y gracias á tal obstáculo permanece libre la entrada del templo.

Al avanzar río abajo, encontramos frecuentemente estos derrumbamientos arenosos cortando el verdor de la orilla. A veces nos engañan, y tomamos por campos de trigo recién segado lo que son playas infecundas. Su color hace recordar el de los rastrojos.

Pasamos un día entero navegando por el Nilo de Nubia, hasta llegar al lago artificial de Filaé, donde empieza el Egipto clásico. Vemos á un lado y á otro algunas aldeas. El Nilo no se halla tan poblado en Nubia como después de Filaé, por ser aquí las riberas cultivables más angostas que las del antiguo Egipto. Las casas, hechas con barro, tienen canales salientes para la lluvia, fabricadas con medio tronco de palmera hueco. Junto á los pueblos existen siempre grupos compactos ó dobles filas de dicho árbol. Otras veces se muestra sumergido hasta un tercio de su tronco.

En ciertos lugares donde la corriente se estrecha entre dos promontorios, vemos castillos en ruinas, antiguas fortalezas romanas, que fueron los puntos más avanzados del Imperio en el mundo de entonces. Estas fortalezas las aprovecharon después bizantinos y musulmanes, reconociendo su valor estratégico.

Las orillas nilóticas tienen en Nubia un aspecto militar que evoca las violencias del pasado. Se muestran aún completamente distintas á las del Bajo Egipto, cuyos resignados pueblos de fellahs fueron incapaces de resistirse al vencedor. La Nubia figuró durante miles de años como un campo de caza para los explotadores de la esclavitud. Ser nubio fué en tiempo de los faraones sinónimo de esclavo. Cuando el rey de Egipto no enviaba tropas para capturar trabajadores destinados á sus canteras, ciertos mercaderes organizaban expediciones particulares para adquirir "carne de ébano". Hasta el último tercio del siglo XIX los gobernadores egipcios de este país toleraron el comercio de esclavos.

Unas veces la orilla es baja y pantanosa, manteniéndose las aldeas sobre pedestales de barro seco que han ido fabricando sus habitantes á secciones, según el ensanche de la población. En otros sitios, una cadena de montañas de color de elefante avanza hasta el río sus estribaciones, en cuyos lomos se alzan pueblos.

Estas montañas de un gris negruzco llevan á veces gualdrapas amarillas. Son grandes sabanas de arena que el kamsin[2] ha arrojado caprichosamente sobre sus flancos, y algún día volverá á llevarse. Hace miles y miles de años que el mencionado huracán parece entretenerse en tal juego. Sorbe por medio de sus torbellinos la arena del desierto, aglomerándola contra las montañas en olas ó cascadas inmóviles, como un testimonio de su fuerza, hasta que sopla otra vez, pero en sentido inverso, y arrebatando dichas reservas, las traslada á las llanuras, cubriendo los campos con una mortaja de infecundidad.

Vemos pobres villorios que parecen encogidos junto á ciudades extensas y abandonadas. Aún quedan en ellas bosques de columnas que sostuvieron techumbres de templos, estatuas colosales hechas pedazos y esparcidas en el suelo, avenidas con esfinges mutiladas por los siglos, hasta no conservar más que una vaga forma escultural.

Lo que mejor se mantiene en estos cadáveres de ciudades son los «pilones», pirámides truncadas y macizas con la piedra de sus cuatro superficies cubierta de jeroglíficos.