Otros pueblos nilóticos, de aspecto próspero, carecen de ruinas. Su desarrollo lo deben á que la ribera fluvial se ensancha en el lugar que ocupan, y sus vecinos pueden disponer de más tierra para el cultivo. En todo grupo de población, el principal edificio es la mezquita, cuadrada y hecha de barro, como las demás casas, con una cúpula pintada de blanco.

Rumian muchas cabras, en las orillas, la vegetación nilótica. Filas de mujeres marchan entre sicomoros y palmeras llevando un cántaro erguido sobre su cabeza. Estas fellahinas, cuando trabajan en la puerta de sus casas, no temen echarse atrás el yabrah, manto de algodón azul, y muestran su rostro á pesar de ser musulmanas. Lo único que tapa el manto es su cabellera, dividida en trencitas y untada con aceite de ricino. Se pintan los ojos cuando son jóvenes, igual que las mujeres de las ciudades, se tatúan las mejillas y el entrecejo con azul índigo y usan una túnica, apretada debajo de los senos, que les arrastra por detrás. Sólo cuando terminan sus trabajos domésticos y bajan al Nilo en busca de agua colocan ante su rostro la luenga máscara negra.

Las vemos caminar en fila por ambas riberas, con sus largas vestiduras obscuras ó azules, cuyas colas levantan nubecillas rojas detrás de sus pasos. Esta cola debe ser algo tradicional que las enorgullece, colocándolas muy por encima de las mujeres de las dos mesetas paralelas al río, hembras de beduínos errantes, sin otra fortuna que sus camellos, eternamente envidiosos de las cosechas que proporciona el limo de la inundación.

Algunos pueblos son completamente negros á causa del color de este limo empleado en sus edificios, y se confunden con las rocas basálticas amontonadas detrás de ellos. Es necesario mirar con anteojos para que las casas se despeguen de las peñas, viéndose en sus azoteas mujeres azules que siguen con inmóvil curiosidad el paso de nuestro vapor.

Se notan los efectos del embalsamiento del Nilo en Filaé. El dique moderno retiene las aguas después de la inundación, para distribuirlas oportunamente, y esta reserva enorme refluye Nilo arriba, haciendo subir el nivel ordinario. Casas y norias están en algunos sitios debajo del agua, asomando sólo sus extremidades superiores. Bosques de palmeras surgen también del río, convertidas para siempre en árboles acuáticos por el mencionado embalsamiento.

Pasamos ante Derr, la ciudad más importante de esta sección del Nilo. En realidad, es un villorio musulmán; pero ciertas casas de adobes tienen piso superior, y los ricos del país las han adornado con columnas de igual materia que imitan groseramente las de la antigua arquitectura egipcia. Junto á Derr se extienden las ruinas de otro gran templo de Ramsés II. ¡Siempre el vanidoso Sesostris!

Nuestra navegación, dulce, reposada, sin incidentes, nos hace sufrir un continuo engaño visual, comparable al de los mirajes del desierto. Creemos deslizarnos por una sucesión de lagos. Nuestros ojos no nos dan nunca la convicción de que estamos en un río. Se van extendiendo ante la proa grandes láminas acuáticas, pero todas ellas tienen siempre una faja de terreno cerrando el horizonte. En los lugares donde el Nilo forma un recodo, la tierra fronteriza está muy próxima. Cuando el río se desarrolla recto, las dos orillas, avanzando paralelas, acaban por tocarse y cierran igualmente la perspectiva.

A cada cambio de paisaje nuestra observación silenciosa formula la misma pregunta: «¿Por dónde saldremos de este encierro?»

Nunca se parte el horizonte con una lámina infinita de agua. Siempre tenemos en último término una colina, un acantilado, una banda de vegetación. En realidad, no se sabe cómo vamos pasando de unos paisajes á otros, y persiste el engaño de creer que atravesamos una serie de lagos comunicantes.

Empieza el anochecer. Cielo y río son de nácar, con un resplandor suave de arco iris, característico de las tierras cuya atmósfera está saturada de humedad. En torno á los pequeños pueblos se inicia la atracción del crepúsculo, la marea regresiva de la jornada. Por ambas riberas pasan filas de borriquillos llevando á lomos á sus dueños, de vuelta de los campos.